Cinco años
PABLO ESCUDERO ABENZA | Little Robert J.

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La maestra de nuestra clase de cinco años se llamaba Rocío y era viuda. A su marido le dio un infarto fulminante mientras se quitaba los zapatos al pie de su cama y no llegó ni al hospital.

Aquel año aprendimos primero lo que era la muerte y después lo que era el amor. Supongo que lo ideal es aprenderlo algo más tarde y que los descubrimientos se produzcan en el orden contrario. Pero el corazón, ni el del enamorado ni el del infartado, preguntan si el momento es bueno.

Yo era un romántico y todas las niñas de mi clase me parecían las más bonitas del mundo. Noelia Escolano, Silvia Domingo, Andrea Samper, Rebeca Puente, todas. La maestra me castigó una tarde y le dijo a mi madre, cuando vino a recogerme, que me cambiaría de sitio y que me pondría con la niña más tranquila de nuestra clase.

Marta Gimeno y yo nos sentamos juntos desde el segundo trimestre de aquel curso hasta que se acabó el cole.

Ella cumplió seis años el 4 de junio y me invitó a su cumpleaños. Sus padres hacían bromas con que yo era el novio de su hija. Los mayores que estaban en el cumple se reían. Yo no entendía de qué se reían tanto. La tarta tenía fresas.

Yo también quería que Marta Gimeno viniera a mi cumpleaños y que mis padres dijeran que era mi novia. Las clases terminaban a finales de junio y mi cumpleaños era en agosto. Le dije a Marta Gimeno que la esperaba el día de mi cumpleaños. Habría tarta de galletas y besos. Con letra frágil y redonda escribí el día, 22 de agosto, y le expliqué que estaría en la casa de mis abuelos.

Seguro que tu padre sabe llegar hasta Murcia, le dije, porque me parecía que los adultos no tenían problemas hasta ahí. Así que debajo del día de mi cumpleaños escribí Murcia como primera parada de la ruta. Dile que siga y llegaréis hasta Archena. Escribí el nombre y le dibujé el puente de un carril que daba la entrada al pueblo. Pasando Archena se llega a un pueblecito aún más pequeño que se llama Villanueva del Segura. Es ahí.

La casa de mis abuelos, y así se la dibujé, era la más grande de la plaza del pueblo. Ahí nos veríamos el 22 de agosto.

Marta Gimeno se guardó el papel en la tartera y me dijo que vendría. Me lo prometió. Yo vi el amor en sus ojos. Ella debió ver algo parecido en los míos.

Aquel año mis padres me regalaron una BH azul de paseo y Marta Gimeno no vino a verme.

Ni mis padres ni mis tíos ni mis abuelos fueron capaces de entender por qué lloraba tanto, con mis seis años recién cumplidos y una bici así de chula. No entendían nada del amor ni de cómo quemaba el avance del día y la sensación de saber que ya no iba a venir.