1013. CINCO
Eduardo Laporte | Antoine Doinel

Cada mañana, MARTA le enviaba el enlace al JUEGO de palabras. CINCO letras y cinco intentos, como los cinco años que duró su vida en COMÚN. Lo seguía haciendo por inercia. Lo habían dejado hacía semanas, pero ese hábito se mantenía inalterado, quizá la última ASCUA que le hacía pensar que no todo estaba roto para siempre.

Pero aquel viernes, SECUN se cansó. El último de los cinco días de la semana labora, dijo BASTA y acabó pulsando la opción de BLOCK. No era un mal jugador en aquel entretenimiento contemporáneo, y solían tener un PIQUE sano que actuaba como un mar en CALMA que restañaba las heridas de demasiados años de CORTO matrimonio.

SECUN necesitaba ese TRATO para recuperar el ÁNIMO tras una ruptura que él vendía a sus amigos como MUTUA, pero que era un asunto más complejo. También había un ingeniero informático. Un LINCE, lo llamó ella una vez, de cuando venía a casa a reparar los problemas puntuales de su ordenador y ella se las arreglaba para quedarse a SOLAS con él.

LERDO. Aquella potencia sonora le golpeó la MORAL aquel LUNES mohíno de febrero. El martes, el enlace al juego, con una interfaz más precaria de lo habitual, lo llevó a un no menos inquietante CAFRE. Al día siguiente, acertó al tercer intento la palabra oculta, que rezaba así: VERGA.

El jueves resolvió TONGO y el viernes, al despertar tras un atracón de somníferos, compuso las cinco letras nada reparadoras de MAMÓN.

Asumió que sería un SINGLE para el resto de su vida. Esa noche cenaría PIZZA. Cinco quesos.