CINEMA PRIMERIZO
Pablo Domínguez Bravo | Manicura_bibby

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Eran aproximadamente las 22:30 de un viernes de principio de los 90. No podía dormir por el calor intrínseco de las noches de Julio. Había cumplido 8 años y estaba en ese punto de la biografía en que el asombro era algo cotidiano en esa edad fronteriza entre el despertar de la consciencia y la efervescente pre-adolescencia. Bajo la rendija de la puerta de la habitación se colaba luz, que invitaba a levantarse a la estela de la vida nocturna de la casa. Al final del pasillo, había una sala de estar puesta ahí para pernoctar en la vigilia. Aquella noche decidí cruzar el umbral. Y ya nada sería lo mismo. Padre veía una película en la que un elegante veterano, con carrillos prominentes, exacerbaba la familia e infundía respeto donde pasaba. Se llamaba Marlon Brandon y su presencia llenaba la pantalla. Le pedí a padre quedarme un rato viendo aquello que me había impactado en la retina. Ese rato finalmente fue el resto del metraje.

Las casi 3 horas de «El Padrino» habían vampirizado al niño, siendo aquella la primera vez que conciliaba el sueño en la franja horaria de después de pasar el camión de la basura. Prometí a padre que sería la última vez que cabalgaría en la madrugada por culpa del cine. Nunca lo fue.

Sucedieron otras noches. Volví a ver a Marlon Brandon, esta vez hablando del horror de la guerra. También, vi a Paul Newman jugando al billar, lubricado con Jack Daniels. A James Dean tirando piedras en una casa al este del Edén. A Gloria Swanson viviendo del recuerdo proyectado en una vieja filmoteca. A Jack Lemmon hacer espaguetis en una raqueta a Shirley McLaine en aquel Apartamento. A Mickey Rourke siendo el chico de la moto. A James Stewart observando con prismáticos desde una ventana. A Humphrey Bogart maldiciendo aquello: «de todos los bares del mundo, ella ha entrado al mío».



Esa fase embrionaria de descubrimiento desencadenó en una pasión incesante que sigue ocupando mis días.

A veces, tengo temporadas apáticas con el cine y entonces, me retrotraigo a Vito Corleone persiguiendo a sus nietos con una naranja en la boca. Aquella sensación de cuando el mundo olía a recién pintado y no había descubierto el cine.

Hacemos las cosas porque hubo una primera vez que nos dejó poso y marcó ese hábito.