CITA A CIEGAS
JUAN MANUEL ARCE GIL | KOKO

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Llego al punto de encuentro acordado, con antelación; la intranquilidad se apoderó de mi cuerpo y me empujó a salir de mi departamento. La estación “La Cultura” del metro, luce poco congestionada. Me adueño de un poste, camino alrededor de él, como león enjaulado. Lucía – la chica que contacté en la app de citas – tiene los ojos vivaces y cabello ensortijado que invade su frente. Esta situación me incomoda, sin embargo, me armo de valor y empiezo a saludar a todas las que pasan cerca mi lado. Nadie responde mi saludo, ya han pasado diez minutos y ensayo una justificación ante la evidente impuntualidad, las mujeres son así en su primera cita, siempre llegan tarde, me repito una y otra vez. Una mano me toca el hombro, y al girar mi cabeza visiblemente emocionado, compruebo que la chica es alta, delgada y de largo cabello lacio, no coincide en absoluto con la chica que espero, pero decidí no quejarme ante tan agradable equivocación.

– ¿Alejandro?

Dudo por unos largos segundos, pero ante las circunstancias que estoy pasando, callo.

– Encantado, tenía muchas ganas de verte, vaya eres alta y muy guapa.

– Gracias, quiero disculparme el metro venía super lleno, perdí algunos y por eso llegué tarde.

– No hay problema, suele ocurrir.

No sé su nombre, en realidad no sé nada de ella. ¿Acaso es importante?, seguiré el juego. Caminamos sin rumbo definido hacia el Centro Comercial “La Rambla”. Su nombre es Liz, trujillana, lleva diez años en Lima, divorciada sin hijos. Nos sentamos en la terraza de un bar, no la interrumpo necesito saber de la vida de ambos. Deseo tener información de Alejandro, la dejo hablar y solo atinó a contestar con monosílabos. Después de tres chilcanos, ya sé todo, es bancario, le apasiona el fútbol y llegó a Lima hace cinco años desde Piura.

—Ya es tarde, ¿vienes a mi “depa” a tomar la última? — Pregunto

—Vivías aquí cerca, ¿no? — Le tiembla la voz.

—Más o menos.



Nos levantamos y pago la cuenta incluido la propina. Tengo el auto cerca, me sigue sin mediar palabra. Llegamos a los diez minutos. Saco dos cervezas de la refrigeradora la bebemos juntos. A Alejandro nunca le faltan provisiones. Liz no tarda en buscar mi boca. O tal vez la de Alejandro. Y la beso; lo hacemos los dos, Alejandro y yo. Entramos los tres a la cama y Liz explota. Dos hombres contra una mujer, demasiada ventaja.

No sé si me quedé dormido. O si el que se ha quedado dormido ha sido Alejandro y no yo. Los primeros rayos del sol empiezan a despertarme. A mí o a Alejandro. Veo a Liz a mi lado; a nuestro lado; profundamente dormida.

Recojo del suelo el celular de Liz, no tiene código de bloqueo, busco en la agenda a Alejandro, Alejo, Alex o Ale, sin embargo, no existen tales nombres. Alejandro no existe, y Liz habla en sueños, ¿es importante acaso? Presiento que este no será nuestro último amanecer