Cita a ciegas
Patricia Collazo González | Lucía Anderson

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Yo pasé por alto que ella tuviera un brazo demás. Ella obvió mi tercera oreja en la frente. En realidad, en aquella primera cita ni los notamos. Yo estaba concentrado en hacer sonreír a la boca de sus ojos. Ella me ha confesado después, que apenas pudo contener su impulso de hacerme cosquillas en la axila de mi pie, como suele hacer ahora si quiere que le masajee las cervicales del codo.

Con el tiempo hemos ido descubriendo nuestros pequeños defectos: mi malhumor, sus obsesiones, nuestra impuntualidad. Esa que hizo que erráramos de hora y persona en aquella primera cita.