Cita a ciegas entre la musa y el poeta.
Verónica Sarría Hidalgo | Verónica Sarría

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Todo comenzó un frío domingo de febrero.



La vida se sentía gris, triste, aburrida y apagada. El violento silencio del invierno congelaba la alegría cotidiana. Las ramas vacías de hojas y flores sustituían a las dulces palabras.

Entre tanto hastío, la musa, ya desesperada y aburrida de estar tanto tiempo desempleada, tomó la decisión de escribir un anuncio provocador:



“Musa busca poeta para su próxima aventura literaria. Estaré disfrazada de otra, pero sólo tú me reconocerás detrás del antifaz. Me quitarás las capas para dejarme pura, libre, irreductiblemente yo. Estoy segura que como buen poeta que eres, adicto al amor romántico, encontrarme te encantará.

Nos vemos entre las esquinas de la realidad y la ensoñación.

Atentamente,

La Musa.”



Exhaló agotada y entre suspiros se durmió…

Al despertar, encontró alado de su almohada, un sobre blanco con su nombre escrito en elegante caligrafía dorada. Intrigada, abrió la carta:



“Musa…

Te estaré esperando el próximo sábado 17 de febrero a las 8:17 p.m. en la cuarta glorieta entre las calles de La Verdad y La Ficción.”



¿Quién sería este poeta anónimo? Comenzó a imaginárselo. Sería un elegante banquero, prisionero del cinismo del mundo financiero, en busca de libertad y autenticidad entre versos?

O ¿acaso sería un cuadriculado ingeniero, cansado de la vida en blanco y negro, en busca de euforia y consuelo?

O ¿tal vez sería un tímido profesor de literatura, buscando darle rienda suelta a su pasión escondida detrás de sus sobrias gafas negras?



El poeta anónimo había despertado su curiosidad. Intrigada, se dirigió al centro de la ciudad. La dirección correspondía a un acogedor restaurante, en frente del Parque de los Sueños Perdidos, donde previamente había sido invitada por otros poetas y novelistas.



Al entrar, en la mesa de la esquina finalmente lo vió. Tenía un sombrero que le cubría la mitad del rostro. La musa se acercó cautelosamente y, al levantar el sombrero, descubrió finalmente la identidad del poeta a través de sus ojos.



Sin mediar palabra, el poeta la tomó de la mano y la guió hacia una pequeña sala reservada. Él se sentó enfrente de su máquina de escribir y comenzaron a trabajar. Se despojaron rápidamente de los disfraces, máscaras y capas de pudor y vanidad. El poeta había encontrado a su inspiración y la musa había recobrado la alegría de ser fuente de iluminación.



A la 1:17 a.m., el restaurante cerró. Se dirigieron al Parque de los Sueños Perdidos, lugar místico y misterioso, conocido por albergar los anhelos y deseos más profundos de las personas. Allí continuaron bailando entre la realidad y la ficción. Él la bajaba a la tierra y ella lo elevaba al país de la ensoñación.



3:17 a.m, marcaba el reloj. Él, ansioso por poseerla eternamente, le preguntó:

“¿Hasta qué hora te quedarás conmigo? ¿Cuándo te puedo volver a ver? ¿Será lo nuestro una historia de amor?

Ella le respondió:

«Si perdura, es amor. Si termina, es una historia. Si nunca empieza, es poesía.»



Ella desapareció. Y así, él despertó.