CITA A CIEGAS
ANA MARIA ABAD GARCIA | GEKKO

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La culpa de todo la tuvo aquella copa de vino derramada sobre tu blusa. Una blusa blanca, muy blanca. Un vino rojo, muy rojo. Las citas a ciegas siempre me han puesto nervioso y mi habitual torpeza salió a relucir nada más sentarnos, para tirarte el vino encima. Las prisas por enjugarlo con mi servilleta estremecieron nuestras manos, enredaron nuestras miradas, hicieron colisionar nuestros universos.

De inmediato y de común acuerdo, tomamos la decisión de saltarnos la cena y fugarnos del restaurante a la carrera, para exasperación del camarero. Sobre el mantel salpicado de vino quedaron olvidados los canapés de vieira, tu ensalada de trigueros y aguacate, mi dorada a la espalda. Una lástima porque llevaba semanas soñando con la crema catalana, que allí la hacen espectacular. Pero a veces -solo a veces- puede más el corazón que el estómago.

Trotamos por la calle como chiquillos ansiosos, subimos la escalera de tu edificio a trompicones, el sofá de tu apartamento se avino gustoso a ser nuestro cómplice. Y así, pusimos remedio a aquella colisión de universos mediante una fusión de categoría nuclear, con explosiones, fuegos artificiales, música de violines y demás parafernalia. Sólo faltó el vino, que se había quedado con el resto de la cena sobre la mesa del restaurante.

Años después, sigo derramando una copa de tinto sobre mis primeras citas, pero mi universo no ha vuelto a colisionar con ningún otro: aún anda perdido buscando la estela del tuyo.