114. CITA A CIEGAS
Rafael Razquin Chasco | rafaraz

Juan siempre había sido un joven popular al que las cosas le iban bien. Después del confinamiento su vida se desquebrajó por completo. Paula, la chica con la que compartía su vida desde hace ocho años, le dijo que tenían que hablar. Y hablaron, una conversación con la que pusieron punto y final a esos años juntos.
Juan siguió los consejos de sus amigos, y unas semanas después creo su perfil en Minder, una aplicación con la que conocer gente buscando más allá del físico. Los primeros días fueron decepcionantes e incluso pensó en abandonar la aplicación y que fuera el destino el que decidiera por él, como si de una marioneta se tratara. Hasta que por fin un día dio con un perfil que le llamó la atención. Damaris parecía tener una visión muy interesante de la vida y sus gustos podían encajar en lo que buscaba. Trabajaba como relojera y le encantaban los puzzles y cocinar. Así que un martes de febrero, decidieron conocerse en persona.
Al verse, a Juan le llamó la atención que Damaris llevaba gafas de sol cuando la luna no lo justificaba y utilizaba ¡un bastón!
Al darse dos besos estuvieron a punto de darse un pico a modo de saludo.
– ¡Qué alegría vernos!
Los nervios no permitían que Juan pensara con claridad, y cada movimiento que hacía era inusitadamente torpe. ¿Por qué no había sabido que Damaris era invidente antes? En Minder eso no parecía importar.
Decidieron ir a un bar. Cerveza para él y una Coca-Cola para ella. Cuando el camarero lo sirvió, lo hizo al revés.
– ¡Qué asco! La Coca-Cola no me gusta.
Juan ni se había fijado en el vaso. Siguieron la conversación y pensaron en pedir algo de comer. Él se ofreció a leer la carta en voz alta. Damaris siempre se quedó con la duda de si en la carta realmente estaba escrito “cocretas”, como dijo Juan. Finalmente fue lo que pidieron. Cuando el camarero colocó la ración en la mesa, confirmó que en efecto eran “cocretas”.
Cuando terminaron, Juan se ofreció caballerosamente a pagar la cuenta, pensando que si lo hacían a medias iban a tardar mucho.
Damaris quiso pasar por el baño antes de irse. Él insistió en acompañarle. No quería que le ocurriera nada estando con él. Había un escalón para acceder pero Juan ya se encargó de avisarle tres veces, cuando ella ya lo había advertido con anterioridad gracias a su bastón. Juan abrió la puerta para que ella entrara.
– Ese es el de caballeros.
Les advirtió el camarero riéndose.
Cuando se dirigían a la parada de autobús, Juan le frenó con su brazo.
– Espera, que se te ha desabrochado el cord… ¡Au!
Se había llevado una patada involuntaria en la cara al agacharse sin avisar. Afortunadamente no fue nada.
Siguieron hacia la parada de autobús y llegó el autobús de Damaris, se despidieron. El vehículo inició la marcha, mientras Juan ondeaba la mano despidiéndose.