Cita con Esperanza.
Víctor Valdesueiro Bernabe | Valdesuei

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Esperanza se maquilla frente al espejo mientras los nervios le atenazan el estómago. No son las típicas mariposas. Recuerda perfectamente esa sensación en las primeras citas con Luis: la falta de apetito, el embobamiento y los encuentros que parecían fortuitos.

Esto es más bien incertidumbre ante lo desconocido.

Se pinta la raya del ojo con esmero, consciente de que las primeras impresiones son fundamentales y se forman en cuestión de segundos. En lo que dura un suspiro.

De un tiempo a esta parte ha recuperado las ganas de viajar, siempre le encantó la sensación de libertad que le proporcionaba estar en un país lejano. Lleva años sin hacerlo, primero por la hipoteca del chalet, después porque las niñas eran pequeñas, y al final por acompañar a Luis en su larga enfermedad.

A sus cincuenta años Esperanza sigue siendo una mujer muy atractiva y bondadosa. Desde que enviudó, sus hijas ya convertidas en mujercitas, la han animado a salir y conocer gente. Es cierto que ya ha pasado un tiempo prudencial y que se está marchitando en soledad, como una hermosa flor a la que la falta de agua comienza a cuartearle sus coloridos pétalos.

Ha buscado su foto por internet: “José Cabrera”. Es un hombre de mediana edad, pelo moreno con alguna cana en las sienes, semblante serio, atractivas líneas de expresión y ojos oscuros.

Le inspira confianza, parece bueno. Necesita creer que es el mejor para ella y para su futuro.

Mirándose en un pequeño espejo se da el último retoque de pintalabios y se vuelve a colocar el flequillo de su castaña melena. Se estremece al imaginarse sin ella.

Acude puntual a la cita sin ninguna gana de hablar. Solo le apetece regresar a la monótona tranquilidad del hogar y esconder la cabeza, como un asustado avestruz, en el libro que acaba de empezar; pero sus miradas se cruzan y lo reconoce de inmediato.

Está sentado en una mesa llena de papeles. Al levantarse para estrecharle la mano como saludo, se da cuenta que en persona es más alto de lo que se había imaginado.

Nerviosa por saber cómo irá este primer encuentro, que sin duda va a marcar su futuro, se sienta en la silla que atentamente le ofrece José.

— La moneda está en el aire alternando la cara con la cruz —, piensa mientras termina de acomodarse.

Huele a perfume caro, su sonrisa es cálida y sus ojos negros contrastan con la bata blanca, de cuyo bolsillo salen varios bolígrafos.

— Buenas tardes Esperanza, soy el doctor Cabrera y voy a ser tu oncólogo. No tengas miedo porque todo va a salir bien.

Un repentino optimismo invade su cuerpo.