CITA CON LA VIDA
ANA MARIA MARTÍNEZ CAÑAVATE | aniyo

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Si cierro los ojos, y pienso en casi 22 años atrás, todavía me vienen los recuerdos a mi cabeza. Era la primera vez que veía ese cuerpecito con su carita, era mi primera hija, era una cita que había estado ansiando y temiendo al mismo tiempo.

Se hizo esperar ese momento, un parto provocado, llevaba con los prolegómenos un día, pero ese instante de recibirla en mi regazo con el cordón umbilical pegado a mí, me dio por llorar, no pude aguantar la emoción, cansada, dolorida, casi sin saber donde me encontraba, todo se mezclaba con lo que más ansiaba, tenerla entre mis brazos y oler su fragancia. Una cosa tan pequeñita y tan grande al mismo tiempo, fue un momento único, que después se repetiría otra vez, pero el temor a ser madre, y las horas que tuve que pasar primero dando vueltas a mi camilla con los dolores en los riñones, y después controlando al bebé enganchada a la máquina para oír su latidos, ya que no tenía aguas, y era peligroso para ella. Pero pese a no dilatar lo suficiente, llegó por vía natural, y salió Andrea, en lo más caluroso del verano, cuando todo el campo está seco, y el paisaje ocre se hace el dueño de la hierba, del pasto, la tierra árida, sin agua, sufrida por el sol fuerte que seca el forraje y que provoca el sudor de la frente para ganarse el pan de cada día.

Así estaba yo, como el campo, hastiada de los sudores que provocaba ese tránsito, asombrada por el cambio en mi vida, había pasado de ser hija, a ser madre de una niña preciosa, veía una maravillosa luz tras mi cansancio, y esa luz se hacía visible, en una bebé pequeñita, escasa de peso, pero con una vitalidad y fuerza que parecía mentira que fuera recién nacida. Metida en la incubadora, escupía de sus adentros aquello que había trabado, al quedarme sin aguas, y tras esa postura boca abajo, levantaba y alzaba la cabeza queriendo ver a mamá, a papá y al cielo.

En su cunita parecía la princesa de toda la familia, con su carita pequeña, que bien parecía una naranjita, hacía las delicias de los abuelos, de los titos y primos. Acompañada de su muñequito, en el hospital, con el que compartiría esa cunita-nido, que ya entonces parecía del siglo pasado, pero que a mí me trae recuerdos inigualables. Porque la habitación también tenía el aire acondicionado averiado, y hacía mucho frío, pero la pequeña princesita ya tenía energía para contrarrestar con su calorcito esa dificultad así tiene su fuerza del mes de julio, en su sangre, en su ADN.

Esa cita con la vida, me hizo madurar como persona, como mujer haciendo culminar un proyecto, ser madre.