Cita de ensueño
Yanil Sabrina Feliz Pache | Little Random Writing

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Imagínate que entra un hombre al tren y te mira, te sonríe y se acerca para sentarse a tu lado. No es precisamente tu tipo, pero tiene un cierto encanto que no pasa desapercibido. Sigues leyendo como si nada. Él interrumpe tu lectura unos minutos después de que arranca el tren, preguntando qué lees. Contestas mostrando la portada y sin esperar mayor conversación. Sin embargo, te lanza comentario perspicaz sobre el libro que te interesa.



Él encamina la conversación con soltura, guiándote inesperadamente hacia terrenos más personales (aunque mantienes la guardia arriba). De alguna forma, llegan al amor moderno y confiesas que nunca has tenido una cita, solo algún lío inesperado o amigos que ahora son exparejas. Él te propone cambiar eso cuando lleguen a Madrid. Ya le has dicho que viajas sola, una escapada de un día. Aunque sientes que no tienes escapatoria, algo se similar a la emoción se remueve en tu estómago. Aceptas, por esa promesa que te hiciste a ti misma de abrirte a nuevas oportunidades. No obstante, mantienes tus tres reglas de oro para toda cita: avisas de todo a tus amigas cuando está distraído, compartirás tu ubicación en tiempo real por si te pasa algo y preparas código para que te llamen con una voz alarmada que te “obligue” a salir corriendo de una cita de los horrores.



Llegan juntos a Madrid. El hombre supo exprimir la conversación del tren hasta el mínimo detalle: te mueve por las entrañas de la ciudad, desde el Retiro hasta La Latina, todos los recovecos cargados de historia y belleza oculta al ojo cansado de ver los mismos paisajes. Él lleva viviendo cinco años en la ciudad. Confiesas que no entiende cómo ha descubierto tantos tesoros escondidos, te dice que del mismo modo que sabe que no eres una chica cualquiera. Típica frase cliché, pero algo (ilusión, tal vez) la hace sonar diferente.



Paran para comen un bocadillo de calamares mientras charlan como amigos de toda la vida. Después te lleva a una heladería; los helados están para morirse. En un momento de silencio. Te mira fijamente. En un instante de silencio, te da un beso, fresco y con sabor a Kinder. Dura lo suficiente para hacerte volver a esa inocencia adolescente donde te crees las películas de amor: vuelves a tener esperanza.



Te quedarías en esa imagen todo el día, pero tu mente te arranca a la realidad en un chasquido; suenan las puertas. El mismo hombre entra al tren corriendo y cruzan miradas por un instante. Se remueve tu estómago. Se acerca y gira hacia los asientos que están en el lado opuesto al tuyo. Besa a una chica que estaba sola hace unos minutos, se disculpa porque salió tarde del quirófano, ella lo perdona sin mirarlo y vuelve al mensaje que estaba enviando. Tú los ignoras y revisas los lugares que verás concentrada, pese a ese par de ojos que sientes que te miran desde el lado opuesto, con una calidez conocida.