CITA NÚMERO CUARENTA Y TRES
Alejandra C. Bonassoli | Lele

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Esa vez elegí el restaurante chino de la avenida. Algo nuevo que probar, quizá; tantas veces, tantos otros intentos.

La persona que estaba esperando se abrió paso bajo el umbral de la puerta; su mirada barrió toda la sala hasta posarse en mí e inmediatamente esbozó una amplia sonrisa. Le respondí con gesto alegre.

Si no recuerdo mal, era la vez número cuarenta y tres que me sentaba frente a esta persona. Lo saludé de manera cordial y tomé asiento. Pedimos la comida mientras charlábamos de temas banales, nada fuera de lo común. A decir verdad, en esa situación nunca podíamos llegar a algo mucho más profundo. Se repetía lo mismo constantemente, como un reloj.

Le observé hablar sobre su día, el mismo día que me contó otras cuarenta y tres veces. Le escucharía todas las necesarias. Dios mío, lo haría sin dudarlo.

Tras unas cuantas copas de más, tambaleándonos y casi sin poder mantenernos en pie, nos dirigimos a mi casa. Poco a poco, entre caricias ebrias, eventualmente la ropa empezó a sobrar. Los besos multiplicaron su intensidad. Si eso fuera una capilla, yo estaría ofreciendo tributo a su cuerpo. Aceptando cada una de sus facetas. Rozando todos los lugares que conducían a un mismo punto de encuentro.



Cuando la luz se abrió paso por mi ventana, giré sobre mi cuerpo para encontrar el otro lado de la cama sin rastro alguno de presencia, como de costumbre. Maldecí entre dientes: se repetía el ciclo nuevamente. Miré mi teléfono para encontrar un mensaje alegre: “¡¡Hoy es nuestra primera cita!! Me muero de nervios…”.

Había estado condenada a ese destino ya cuarenta y tres veces, pero sin duda lo haría cuarenta y cuatro. Revivirlo era mejor a no tenerlo, siempre fue suficiente; preferí reírme del chiste en el que el destino había convertido mi vida y aceptarlo. Era una esclava de su amor, y hacía tiempo había aceptado la imposibilidad de cambio que me ataba el cuello como a un perro. Con él, siempre sería una vez más… las que fueran necesarias.