CITA PREVIA PARA EL ÚLTIMO TREN.
Guillermo Betancourt Cardona | BETACARD

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De citas y cítaras; de estas últimas solo oí hablar a mi madre en relatos bíblicos; de las primeras, colección de ensayos tenía ya para tan corto vivir, a tal punto que temí conocer su triste final y querer abrogarme, como García Márquez, licencia para anticipar su ocaso desde el alba de estas letras: Muchos amantes, tantísimas citas (primeras, segundas, terceras), pocos amores y minúsculas conclusiones sobre el camino a la felicidad, o eso creía. Desde mis primeros pininos en las lides del amor, confusión tuve siempre sobre la meta de este camino, siempre fijándola en aspiraciones estereotipadas que no me pertenecían, pero que añoraba como si de mis entrañas hubieran sido extirpadas. Pareja, hijos, hogar, en ese orden fueron desapareciendo del horizonte finito de mi ceguera con el paso letrado del tiempo y las lecciones de decepciones de esta cacería universal en la que, como muchos en esta colectiva psicosis, me veía arrastrado sin cesar. Con ese mismo tiempo y su andar, empecé a dejar de temer al silencio agónico de la insatisfacción de mis pseudo-aspiraciones malogradas. Cada vez más zambullido en su pasmosa calma y contemplándome en un espejo universal en cuyo reflejo nunca me había visto, pensé que era hora de cambiar la fórmula del experimento. Conocerme, perdonarme, cortejarme, eventualmente amarme parecía ser el camino antes nunca trasegado. Porque en mi carrera sin quicio había solo hasta ahora amado efímeros símbolos, espejismos de personas y otros demonios, sin haber concedido oportunidad alguna a aquel desdichado que me contemplaba atrapado en la misma soledad, del reflejo, del espejo. Y luego quise amarle inmediatamente, desesperadamente, otra vez desquiciadamente. Y otra vez lecciones de las decepciones. Hasta que del mismo firmamento se desprendió estrella que vino a mis bajos para rescatarme desde lo alto. Secreto me regaló para acompañar el ruido de mi temida soledad: previa cita debía agendar con ese desdichado para primero conocerle, luego poder amarle. Me resultó exigente, difícil y ante tamaño esfuerzo me refugié nuevamente en el silencio vil que despreciaba. Ignorante, frustrado, me pregunté si realmente nunca había amado a ese desdichado del reflejo. Si realmente nunca le había cortejado, conquistado. En azabache negro puse mi mente para escudriñar respuestas más no daba crédito a las respuestas que brotaban de honesto subconsciente. Siempre por sentado había dado que ese amor había cultivado, el mío, el propio. Pero no. Nunca me enseñaron y tarde aprendí que esta era la previa, primera cita que no había tenido jamás. Y para tenerla no bastaba ya con la decisión, a estas alturas no. Muchas semillas de rosa sembradas con buenas intenciones habían mutado en troncos gigantes, marchitos y espinados. Cada espina era un escalón más hacia el verdadero inicio de la historia en el último tren, y aun no lograba mi primera cita con ese desdichado del espejo. Decepciones resucitadas. Más ahora sé que la primera cita con ese desdichado del espejo parirá un nuevo presente para contar nuevo final (o comienzo) para mi historia de propio amor.