Cita única
Javier Martín Moreno | Dioni Oco

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Carla estaba nerviosa, como siempre que quedaba por primera vez con alguien.

Llevaba todo el día pensando en el momento en el que se encontraría con Andrew para cenar. Ya desde por la mañana le estaba dando vueltas en su cabeza a qué ponerse, cómo peinarse, dónde acabar la noche… Después de comer estuvo leyendo un poco sobre sus aficiones y la cultura y últimas noticias de su país. Ya por la tarde se dio un relajante baño de espuma y un masaje con aceites aromáticos, para después hacerse un moño un poco «despeinado» y elegir su atuendo, elegante pero no demasiado, informal pero no demasiado: un vestido rojo de manga corta y falda por encima de la rodilla, con zapatos y chaqueta negros. Se echó un último vistazo en el espejo y se retocó un poco el maquillaje antes de decirse a sí misma que estaba guapísima y salir de casa para coger un taxi y dirigirse al restaurante donde llegó, como a ella le gustaba, puntualmente tres minutos después de la hora a la que habían quedado.

La elección de restaurante que hizo Andrew fue perfecta. Un ambiente tranquilo que favoreció una amena conversación, una cena exquisita y una cuenta que no fue en absoluto excesiva, y menos pagando a medias como Carla siempre se empeñaba en hacer. Lo de la copa en un local de moda se lo saltaron porque están siempre atestados y son tan ruidosos que no se puede charlar tranquilamente. Al menos, esa fue la excusa que puso ella para ir a tomar esa copa a casa de Andrew.

El ático, en pleno centro de la ciudad, resultó acogedor, coqueto y muy ordenado. Él sirvió dos copas de champagne mientras Carla ojeaba distraídamente algunas de las revistas de decoración y deportes extremos que se apilaban sobre una mesita en un rincón del salón. Esas primeras copas fueron acompañadas de algunas confidencias y dieron paso a otras dos y con ellas llegaron las primeras caricias y besos, casi sugeridos, como un juego. El tono de la noche fue aumentando a medida que el champagne en la botella y la ropa que vestían iban disminuyendo. Con las últimas copas en la mano pasaron precipitadamente del salón al dormitorio dejando un rastro de ropa interior y champagne por el suelo.

Carla se despertó temprano. Había sido una noche extraordinaria culminada con varios episodios de sexo, a veces dulce, a veces apasionado, a veces casi salvaje, hasta que, extenuados, con los cuerpos desnudos perlados de sudor, se quedaron dormidos. Andrew aún dormía cuando ella se levantó, se dio una ducha rápida, le acarició con un tierno beso en la frente y se fue en silencio.

No habría una segunda cita. Con Carla nunca la había. Ella era mujer sólo de primeras citas.