Citas Cósmicas
Costanza Scatigna | Costi

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El tintineo de las copas al entrechocar me arranca bruscamente de mis pensamientos. Presto atención por casualidad a la conversación de estos dos charlatanes con pintas traviesas, que llevan horas ya por aquí y unas cuantas rondas de todo tipo de alcohol. No se conceden ni un descanso. Hablan y escuchan sin apartan la mirada de la boca del otro sin perderse ni la silaba más irrelevante de cada palabra.

Pese a la ternura con la que se tratan, el nerviosismo de ambos es patente: el chico, debajo de su pose de despreocupado espatarrado en la silla como si hubiera nacido para ese momento, se ve atormentado por unos goterones de sudor que le recorren las manos sin parar, obligándole a secarlas disimuladamente sobre el pobre cojín de la silla.

La chica, algo más discreta, pero con el mismo tormento, desde que ha tomado asiento balancea la pierna cruzada encima de la otra en un baile insaciable. Mirarla produce el mismo mareo que los productos químicos que utiliza el equipo de camareros para desinfectar el bar al cierre.

Esto ya es el pan de cada día. Mi madera oscura es uno de los escenarios del ciclo completo de lo que los humanos llaman amor. Las risas nerviosas de desconocidos en el afán de quitarse ese “des” de encima, las miradas de hambre que preceden esos primeros besos que parecen enamorar, la sencillez de las conversaciones entre corazones cómplices y, finalmente, las lágrimas desesperadas que salpican sobre mi superficie cuando llega el momento de despedida entre almas incompatibles.

—Bueno reina, si tanto te gusta la movida como dices, yo hoy llevo un poco de magia encima —Suelta el chico bajando sospechosamente el tono de voz. No termino de entender a qué se refiere, ¿de qué movida habla? En esta parte del bar casi ni llrga la música, aquí nunca hay “movida”.

La chica se ríe tímidamente asintiendo con la cabeza como una niña a punto de cometer una travesura. Seguro están confabulando para robar alguna copa. Siempre pasa. Los cócteles de este local vienen en vasos tan llamativos que muchos son los que caen en la tentación de esconder uno dentro del bolso. Ojalá poder comunicarme con alguien solo para delatarles y, así, terminar este sufrimiento de cita donde no ha habido ni un momento de silencio.

El chico, con mirada criminal, saca un pequeño bote metálico y un billete de diez euros que empieza a enrollar dejándolo como una pajita. Nunca había visto nada parecido, ¡que manera más tonta de estropear un billete!

La chica, mientras, le miraba expectante.

Vierte un poco del contenido del botecito sobre una esquinita de mi superficie. Noto como un polvo blanco, más grueso que la harina y más fino que el azúcar, se va introduciendo entre los poros de la corteza de mi madera. Cosquilleo, viaje astral, segundos de muerte. Vinagre para las heridas. Dulce azúcar al final. A Venus en un barco. ¡Soy indestructible! Soy Dios. ¡Quiero más!

Ojalá haya una segunda cita.