122. CLANDESTINO
Jose Daniel García Bermejo | ADO

Dos horas después de morir me encontré con mi antiguo profesor de matemáticas y eso me deprimió para el resto del día. Pensé en evitarlo, pero era la única persona que conocía, y tampoco quería parecer maleducado. Al principio no me reconoció, lo que me deprimió un poco más, pero había pasado tanto tiempo desde el colegio que era normal. Le dije que había oído lo de su accidente y que lo sentía, me dijo que eso ya no importaba. Después se hizo un silencio incómodo. No sé por qué, pero le dije que copiaba en sus exámenes y que todavía tenia pesadillas con sus clases. Él me dijo que lo sabía y que odiaba a todos los malditos niñatos pajilleros a los que había dado clase y que no le dejaban en paz ni después de muerto. Le sugerí que quizá nuestro castigo era encontrarnos aquí. Me contestó que esto es lo suficientemente grande para no volver a vernos en toda la eternidad.

Pasé la noche bajo unos arbustos que también parecían muertos. Al amanecer decidí caminar hacia las montañas. Un viejo en camiseta y corbata me dijo que allí sería todo igual. Le dije que quizá el aire fuera más fresco, se encogió de hombros y volvió a hundirse en el polvo.

Hacia mediodía encontré un grupo de gente joven, había música, bebida y algunas chicas, por lo que decidí quedarme. Nunca se me habían dado bien las chicas pero pensé que aquí podría ser distinto. Una rubia me dio una cerveza caliente y me preguntó si había encontrado a alguien famoso, contesté que acaba de llegar y que prácticamente era la primera persona con la que hablaba. Después se puso a rajar sobre cómo todo el mundo piensa que cuando muera conocerá a Elvis o a la Winehouse, pero que ella llevaba aquí la tira de años y lo único que había eran modelos y últimamente youtubers. Yo creo que la gente que mola va a otro sitio cuando la palma; esto es el cielo de los mediocres, que si lo piensas es un asco. Pregunté si era una parábola o algo de eso que enseñaban en religión y luego nos miramos en silencio hasta que un tío musculoso se la llevó.

Me alejé donde la gente parecía más aburrida. Una chica alta de pelo corto me hizo gestos para que me sentara a su lado entre los escombros. Pareces nuevo, dijo, y luego me preguntó si sabía quién había ganado el Gran Hermano de 2005. Le dije que no, que lo sentía. No importa, vamos a bailar. Nos movimos sin ganas y bebimos cerveza caliente. Cuando se hizo de noche nos apartamos y comenzamos a besarnos y a quitarnos la ropa, pero de repente empezó a llorar. Intenté calmarla y acabó vomitando sobre mis zapatillas, porque las cosas siempre pueden ir a peor, aunque estés muerto. Después se durmió y yo continué bebiendo.

Cuando desperté estaba solo en medio del páramo. Decidí caminar hacia las montañas.