1290. COBARDE
Gabriel Pérez Martínez | peterpandemolde2

Abrí la puerta de casa pensando en tomarme un bote de somníferos y vi una nota en el suelo. Me amenazaban de muerte, sin firma y sin faltas de ortografía, y como en el mueble del baño ya no quedaban pastillas y tenía que bajar a la farmacia ─con las colas que se formaban─, preferí esperar a que el anónimo cumpliera su promesa.
Pasaron los días, las semanas y el criminal no daba señales de vida.
Una mañana, me vestí para caminar hasta el puente de los suicidas. Otra nota en la entrada, aún más categórica, y que el puente se encontraba a diez kilómetros, me convencieron de que ese asesino secreto merecía una segunda oportunidad. Volvió a ocurrir lo mismo, solo que, en los meses siguientes, hasta olvidé que quería morir. Pero los malos pensamientos regresaron. Elegí, entonces, la azotea de mi edificio y, cuando iba a abrir la puerta de casa para subir, ¡zas!, una nueva notita advertía que no cerrase los ojos ni para pestañear. La ignoré, salí en tromba para llamar al ascensor y estaba roto, así que, como mi piso es un bajo, me mentalicé de que a la tercera sería la vencida.
Hubo una cuarta, una quinta… Una veintena de veces sucedió igual. Ahora, ya anciano, le agradezco a ese gallina que me haya mantenido vivo todos estos años.