483. COLEGIADO NÚMERO 666Π
Juan Manuel Olivera Rodríguez | Soldado Svejk

Leyó el nombre en la lista de pacientes. Lo tachó enérgicamente con una línea diagonal del boli Bic azul. Sin levantar la vista del folio dijo:

-Buenos días, señor Megaterio. Siéntese. ¿Qué le ocurre?

-Buenos días, Doctor. Me ocurre que oigo voces -y se sentó abatido.

-¿Voces? -preguntó mirándolo sin creer lo que veía.

-Eso es. Bueno, de hecho sólo una voz, y es femenina y sugerente. Cierre la boca o le entrará un insecto.

-¿Insecto?

-Sí, un bichito de esos con seis patas. La voz la escucho dentro de mi coco.

-¿Coco?

-Oiga, doctor, debería tratarse la ecolalia. Me pide mi entrega sexual incondicional, la voz susodicha.

Un silencio incómodo sacudió la consulta. Sin embargo, la señorita del cartel con el dedo en los labios se veía muy a gusto. El ordenador del facultativo zumbaba pizpireto.

-Espero que esa entrega no sea a mí -musitó con deje tembloroso y tragando saliva el de la bata-. ¿La voz le ha dicho que se vista de lagarterana?

-No, eso es cosa mía, una decisión estética. Y no, tampoco, la entrega que me exige es en general, a la Humanidad. Francamente, estoy muy preocupado.

-Y yo también. Ese atuendo no casa con su terrible alopecia.

-Pues ese pelo rosa tampoco le favorece a usted que digamos. Además, ¿me está llamando calvo, matasanos? -levantó la voz el de Lagartera.

-No, hombre. Y ese es el menor de sus problemas

-Ahora mismo voy a ponerle una reclamación, Mengele.

-Cálmese, no sea paranoico.

-Váyase a vender ungüentos, curandero. ¡Se le va a caer el pelo! -gritó el paciente levantándose con muy mala hostia.

-Cosa que a usted ya es imposible, Cocoliso. Váyase al carajo, que han puesto columpios -prescribió el presunto médico.

-¡PUM! -dijo la puerta.