Colgado
Pilar Moreno Huguet | Lucero del alba

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Me fijé en ti en cuanto entraste. Podría haber sido en cualquier otro sitio. En una casa, en la consulta de un dentista, en un vertedero… Pero no; la primera vez que te vi fue en un restaurante. Yo de pie mientras el camarero me cubría de chaquetas. Tú siendo portada hasta la silla donde te dejaron, en vez de posarte en mí. Tú tan elegante, yo tan quieto. Tú tan cálida, yo tan mudo.



Tu dueña se sentó cerca de mí sin pretenderlo, pero en compañía de otro que no era yo y que ni siquiera se quitó el abrigo. Saltaba a la vista que erais incompatibles, él y tú. Donde tú rezumabas paciencia y serenidad, él era terremoto o tempestad. Donde tú asentías, el negaba sin dudar. Negro sobre blanco, paseo y no pensar; tú calmada y tranquila, él volcán de actividad.



No volviste por aquí con él. Vinieron otros, eso sí. Uno tras otro, un día y otro más. Aquél sucio y desenfadado, con una sudadera a medio planchar; ese otro con gabardina que vino detrás; uno mayor y serio, de los que llevan esmoquin para desayunar, y otros que ya empiezo a olvidar.



Y mientras yo te miraba en la distancia, sabiendo que lo vuestro no iba a funcionar. Y es que te lo hubiera dicho, te hubiera dado razones para no dudar si me hubiera atrevido a hablarte en vez de observarte y callar.



Pero no fui valiente, lo reconozco: no me atreví a acercarme más, aun a sabiendas de que esas primeras citas tenían escrito el final antes incluso de echar a andar. Y, a pesar de todo, no te dije nada; anhelando como anhelaba tu roce, queriéndote de verdad.



Y así pasó el invierno, y el restaurante lo dejaste de frecuentar. Desapareciste con la primavera, cuando el calor empezaba a despuntar. Fue un adiós sin despedirte, sin un hasta siempre ni un quizás. Yo aquí ansiando verte, y tú ausente, sin más.



Ya ha pasado tiempo, pero estoy acostumbrado a esperar. Sé que volveré a verte cuando el invierno vuelva a despertar, cuando todo se cubra de nieve y el frío empiece a arreciar. Y cuando regreses yo seguiré en mi sitio, de ahí no me moverán, y por fin me atreveré a decirte lo que no te confesé cuando te dejé marchar: que somos muy distintos sí, pero complementarios al final. A pesar de ser tú tan perfecta, yo tan formal. Tú tan elegante, yo tan quieto. Tú tan cálida, yo tan mudo. Tú tan de Chanel, yo tan de Ikea. Tú siendo una chaqueta de piel y yo sólo tu perchero.