COME ON EILEEN
JUANPEDRO FONT BROCH | JP

Buscando en lo más profundo de mi memoria no conseguía traer al frente el recuerdo que sabía tenía guardado en algún recóndito intersticio de mi mermado cerebro, por la bebida y el insomnio según mi médico, por estar demasiado lleno de cavilaciones infructuosas en mi modesta opinión. Acumulaba ignotas sapiencias inútiles que afloraban en cualquier momento para completar una frase ingeniosa (a mí al menos me lo parecía) y salvar la incomodidad de no saber qué contestar a lo requerido. La jubilación anticipada o más bien forzada me amenazaba cada vez más de cerca pues apenas podía corresponder la antigua confianza depositada en mí por mis superiores con un mínimo aceptable de casos resueltos. Sabía que aquella cara la había visto antes en algún lugar o en algún pasado cercano. La foto del cadáver ya en mal estado cuando lo encontraron aquella pareja de runners con perro escondía detalles que reconocí en un destello a primera vista y que ahora trataba de reverdecer. No ayudaba el entorno ruidoso del pub ni las tres pintas de cerveza que apuraba con deleite y remordimiento a la vez. ¿Quién eres? ¿Cuándo y dónde nos conocimos? Antes de dejarme mi mujer me advirtió que o necesitaba gafas o prestar más atención pues no era posible que no reconociera a sus padres por la calle o a sus compañeras enfermeras con las que tomábamos una copa de vez en cuando, ni a su hermano que hacía ocasionalmente de canguro de nuestros hijos cuando ella tenía turno de noche en el hospital y me sorprendía al verlo cada vez a mi vuelta a casa. No soy un gran fisonomista he de admitirlo pero no me había ocasionado ningún perjuicio en mi trabajo hasta ahora que estaba completamente seguro de conocer aquella joven asesinada e incapaz a la vez de identificarla o situarla al menos en un entorno reconocible que nos ayudara en la investigación lastrada por el paso del tiempo sin resultados y la desafección de mis compañeros ante mi apatía y falta de profesionalidad que mostraba ya sin disimulos presentándome moderadamente ebrio y desaliñado un día sí y otro también. Añoraba los tiempos en que podíamos fumar en la comisaría pues supuestamente encender un cigarrillo con la colilla del otro y el ambiente cargado de humo me ayudaba a concentrarme. Tras el amago de infarto el doctor me aconsejó dejar tanto el tabaco como la bebida y al menos conseguí alcanzar el cincuenta por ciento de sus recomendaciones. Saqué de la cartera la ajada foto de mi hija fallecida hacía ya más de veinte años en un desgraciado accidente de circulación que siempre llevaba conmigo y era la única relación que tenía con mi antigua familia. Le contaba los casos detalladamente y siempre me ayudaba a resolverlos con acierto o al menos indicarme el camino a seguir. Come On Eileen.