1345. COMO ANILLO AL DEDO
RUTH GONZÁLEZ PONCELA | RUTH GONZÁLEZ PONCELA

Desde que tengo uso de razón recuerdo haber sido el orgullo de mamá. Ella pensaba que lo mío era una virtud admirable por ser algo insólito en una criatura de tan corta edad. Solía alardear delante de sus amigas siempre que podía, a sabiendas de las envidias malsanas que ello suscitaba. «¡Pero qué nene más bien educado!», decía tía Paquita pellizcándome el moflete, cada vez que venía a casa con las gemelas. Mis endiabladas primitas me odiaban tanto, que aprovechaban cualquier despiste de los mayores para patearme las espinillas, llamarme “el repelente don perfecto» y declarar que no querían jugar conmigo.
Todo comenzó un día por la tarde, mientras miraba las manecillas del reloj esperando que mamá me llamase para merendar. De pronto, escuché una voz insonora que me daba órdenes rotundas bajo amenaza de terribles males. «¡Haz esto! ¡Que quede perfecto! ¡Si no, te crecerán unos cuernos de campeonato!». El pánico se adueñó de mí al creer que podía convertirme en un niño cornudo y que sería el hazmerreir de mis compañeros de clase. Me miraba al espejo horrorizado imaginando qué tipo de cornamenta brotaría de mi cabeza. ¿Cuernos de toro? ¿De reno? ¿De macho cabrío? Esa noche apenas dormí. Toda la fauna cornúpeta se paseó por mis sueños, advirtiéndome lo que podría sucederme si no obedecía.
Al día siguiente no lograba concentrarme en nada. «¡No quiero tener cuernos!», lloraba y pataleaba. Ante tamaña desazón, mi rebeldía infantil sufrió un cambio radical. En un santiamén pasé de travieso a obediente y de desordenado a todo lo contrario.
Una cosa me fue llevando a otra hasta que, a la edad de siete años, adoraba las coles de Bruselas . Debo añadir que jamás me ensuciaba la ropa por muy salvajes que fuesen los juegos con la pandilla. Cada mañana antes del colegio, ordenaba mi habitación y doblaba mi ropa de manera impecable. Al correr de los años, esto último pasó de ser una manía muy elogiada a convertirse en un modo de vida.
No sólo doblaba mis trapos sino todo aquello que se cruzaba en mi camino: las camisas de papá, las faldas de mamá y hasta las sábanas de tía Paquita. «Perfección y rapidez» era mi lema. Incluso me retaba a mí mismo para batir mi propio record.
Hoy día, recién terminada la carrera, el entusiasmo se ha apoderado de mí. Buscando trabajo en una conocida web de empleo, el destino me ha lanzado un nuevo desafío que me va como anillo al dedo:
«Empresa líder en el secto necesita persona perfeccionista, para mantenimiento y doblaje de paracaídas».