1045. ¿CÓMO ERA ESO DE LOS LADRONES DE GALLINAS?
Gabriela García Salzmann | Gabiota

¡A los ladrones de gallinas -y no a los de guante blanco- es a los que siempre pillan! Eso decía mi profesor de educación cívica, ferviente liberal argentino que nos enseñaba a odiar a Perón, que no era precisamente un ladrón de gallinas.

Yo tampoco. Hasta un día en que casi lo fui.

Estábamos en Breda, famosa porque Velázquez pintó su rendición, llamada más comúnmente el cuadro de las lanzas. Para no ofender a nadie, supongo. La censura o cancelación, como ahora la llaman.

Llevábamos todo el día paseando con la perra de la correa y cuando por fin encontramos un parque la soltamos para que corriera y disfrutara, sin pensar que iba a dar rienda suelta a sus instintos perrunos (y de caza). Tampoco tuvimos en cuenta que en el parque podían andar sueltos otros animales y menos aún gallinas que no pueden volar. Fue tarde cuando en un revuelo de matojos y plumas vimos emerger a Simba con su presa en la boca. Más muerta que viva. A duras penas conseguimos atarla para salir de ahí cuanto antes sin querer saber, aunque nos la imaginábamos, la suerte final de la gallina.

Si parecían saberla, en cambio, unos tíos enormes que empezaron a increparnos por las callejas solitarias de la ciudad mientras nosotros pretendíamos no entender lo que decían, ni que se dirigían a nosotros. Algo que casi era cierto, si no fuera porque la palabra “hund” es perro en alemán, primo hermano del neerlandés.

Hasta que uno de los dos sacudió del hombro a mi marido cuando ya estábamos a punto de llegar a una plaza concurrida y llena de gente “de bien”. En ese momento decidí dirigirme a la concurrencia pidiendo ayuda porque nos estaban persiguiendo estos tipos sin que supiéramos por qué.

Como nuestro aspecto era tan respetable como el de los demás parroquianos, el camarero nos hizo pasar dentro, para mayor seguridad. Pero teníamos un problema. Estábamos en pleno confinamiento y no estaba nada claro que nuestra estancia en Breda fuera legal. Aún así, le pedimos al camarero que llamara a la policía. La mejor defensa: un ataque. Solo desde la más absoluta inocencia se llama a la policía después de que tu perra –que al igual que nosotros no debería haber cruzado la frontera– hubiera matado a una gallina en un parque público.

Vino enseguida. Una pareja de jóvenes rubitos y amables que inmediatamente se puso de nuestra parte y nos dijo que estos tipos eran “conocidos” de la policía.

Sin embargo, nos dijeron que no tenían más remedio que hacer el paripé y tomarnos los datos. Yo me acordé de la película Átame de Almodóvar y les pregunté si me querían esposar para hacerlo más creíble. Declinaron muy serios la oferta. No se percataron de la broma, o no vieron la película, que es lo más probable.

Mientras nos tomaban los datos, me conmovió la cara de satisfacción de uno de los tíos que probablemente pensaba que POR UNA VEZ LOS LADRONES DE GALLINAS NO ERAN ELLOS.