Como las dalias
Emilio Macanás Martínez | e2m

2.5/5 - (4 votos)

No sabes estar solo.

Y te encuentras en los jardines de San Francisco, en La Latina. En el banco del fondo a la derecha.

Esperando a que llegue. Como cada sábado por la mañana, buscando sentirte acompañado.

Imaginas que es como una primera cita, como volver a empezar. Te tiemblan las piernas. Intentas ilusionarte, convencerte de que vendrá.

Pero nunca llega.

Cada sábado por la mañana es igual. Te deja vacío, sin ganas de intentarlo el domingo. Por eso, los domingos son de partido y cervezas. Cuando no tienes otra opción, de ir a ver a tus padres. Porque no sabes estar solo.

Por eso estás aquí, esperando, mientras miras las dalias.

A ella le gustaban.

Decía que aquel parque era especial, que las dalias son muy difíciles de cultivar. Muy exquisitas para florecer. Necesitan mucha luz y, a decir verdad, en esta ciudad, como en casi todas, a veces cuesta verla.

A ella le gustaban y alguna vez robaste una para ella. Y la llevaste a casa.

Pero marchitó.

Y ahora que ella se ha ido quieres que vuelva.

Pero no vendrá.

¿Para qué? Para escuchar que llevas mucho tiempo esperándole, que la casa se siente vacía y se te echa encima si te quedas.

Que por eso te agarras a lo que sea. A un instante de no sentir este frío. Al partido, que ni siquiera te gusta, a las cervezas aguadas, al cocido pasado de tu madre.

Que un día, hace mucho tiempo, supisteis estar juntos, haceros felices sin necesitar nada ni a nadie más.

Pero apareció ella. Y olvidasteis cómo. Ella llenó la casa, los días, todas las horas. Y esa parte de ti que te acompañaba cuando estabas solo, se fue.

Te agachas sobre las dalias y acercas la mano. Sus pétalos parecen brotar con la fuerza de saber lo difícil que es vivir y aún así intentarlo. Y, por un momento, temes que se te claven. Pero los acaricias y entiendes por qué vuelves cada sábado. Te convences de que se puede.

Se puede estar solo y no sentirse así. Se puede, si aprendes a estar contigo mismo.

“Por favor, ven. Ven y no huyas. Quédate. Aunque sepas cómo soy, quédate conmigo. Sé que no siempre nos llevaremos bien, pero siempre nos tendremos. Te prometo que yo tampoco huiré, no te sustituiré por nadie. Guardaré tiempo para ti. Me quedaré en casa los domingos. Te trataré bien”.

Y, en ese momento, crees verle venir, a lo lejos. Y con la ilusión de una primera cita, te levantas. Caminas entre los parterres de dalias, aparentemente solo, hacia ti mismo.

Sonríes y te dices:

“Floreceremos. Como las dalias. Es complicado. Requiere mucha luz.

Pero se puede”.