731. COMO PEDRO POR SU CASA
Ana Maria Abad Garcia | Acróbata

Caminaba por el andén repartiendo coletazos a diestro y siniestro. A horas tan tardías no quedaba ya casi nadie, y era cuando aprovechaba para salir de su escondrijo: en el centro del día, cuando las hordas humanas invadían pasillos y corredores, andenes y vagones, escaleras y oficinas, él se camuflaba en las densas tinieblas subterráneas, limitándose a observar en perfecta inmovilidad todo aquel ajetreo presuroso y sin sentido.
Había decidido que no iba a volver a las alcantarillas: los túneles del metro eran más amplios y cómodos, y su hedor mucho más soportable. Además había descubierto, con gran regocijo, que allí el alimento era más abundante y suculento. Ya estaba harto de la dieta de ratas apestosas a la que se había visto abocado desde que, tiempo atrás, lo arrojaran sin contemplaciones por un colector.
Esa tarde, sin ir más lejos, la suerte le había sonreído y había localizado varias presas aisladas y desprevenidas: una taquillera que salía del aseo, un músico ambulante que tocaba el clarinete en un recodo particularmente sombrío, y dos niños despistados que exploraban por donde no debían. Después de semejante atracón, decidió bajar a los túneles a echarse una siestecita, pero de camino se tropezó con una señora gorda que esperaba en solitario en la vía dos. De su brazo colgaba un bolso de piel en el reconoció, sin lugar a dudas, a su primo Enmengardo. Soltó un par de lagrimitas y se abalanzó a por el suculento postre.