1472. CÓMO UNA RAFAGA DE VIENTO CAMBIÓ MI VIDA
ENCARNA RUIZ RODRIGUEZ | CHAYA

En aquella época trabajaba como tertuliano en una televisión privada.
La cantidad de información en torno al coronavirus, junto con el estallido de la guerra de Ucrania, me llevaron a un nivel máximo de estrés.
Tenía que hincar los codos y estudiar temas de economía, virología, política,… tan diversos como los efectos de la vacuna del coronavirus, las consecuencias de la guerra, la violencia de género, la lgtbifobia, el cambio climático, pros y contras de las macro granjas y el maltrato animal, prestación de servicios sanitarios, gestión privada de las residencias de mayores.
Los temas eran tan cambiantes que me pasaba las noches buscando información, preparándome antes de salir al ruedo. Además, se había generado una corriente de negacionismo: el virus provocado por los chinos, la calima de polvo del desierto fue lanzada por máquinas, las horas no duran 60 minutos, el terraplanismo, Ucrania no había sido invadida por los rusos,… que complicaban distinguir las “fakenews” de cuestiones científicamente probadas.
Aquel día, mientras me maquillaban yo repasaba mis apuntes, pero una ráfaga de aire del ventilador voló mis papeles, donde tenía mis anotaciones. Los coloqué como pude porque ya salíamos en antena. Empecé a farfullar sobre el terraplanismo de la guerra, la calima de la ansiedad, la violencia de los servicios sanitarios, la lgtbifobia de las macro granjas, el deshielo de los virus, la gestión privada del cambio climático, la vacuna contra las residencias de mayores, el género del coronavirus, el maltrato de la pandemia. Yo veía la extraña cara del moderador y me turbaba más. Podría haberme callado, pero los nervios hicieron que interviniera constantemente, verborreico.
Cuando acabamos, una tertuliana se dirigió a mí con una sonrisa. «Has estado gracioso hoy. Me he divertido con ese juego de palabras, original.». Mi sentí avergonzado. No supe contestar.
Al día siguiente las redes sociales y mi móvil echaban humo. Tanto a favor como en contra, me vi sumido en una avalancha de críticas (intrusismo, lección magistral de ignorancia, petulancia, humor negro,…). Similar efecto a la restauración del Ecce Homo de Borja. Una mamarrachada por mi parte, ponía en entredicho al periodismo.
Una cuestión de ética me impedía sacar provecho de mi equivocación. Avisé que no podría ir a la próxima tertulia. Estaba muerto de vergüenza.
Me llamaron para hacerme entrevistas, se analizaron mis frases minuciosamente, se decía que era una nueva forma de realizar críticas o que había inventado una nueva filosofía de vida. Una locura de la que yo no entendía nada. Era como si no fuera yo y mi cuerpo transportara la mente de otro.
Por salud, tuve que dejar el trabajo y realizar terapia cognitiva conductual, junto con sesiones de yoga y meditación.
Ser famoso me permitió encontrar trabajo enseguida. Me especialicé en turismo espiritual o emoturismo, que se había convertido en un boom. Viajes espirituales, turismo transformador, retiros espirituales. El turismo “del interior” me permitió viajar y conocer culturas asombrosas, algo con lo que siempre había soñado.