1145. COMPAÑEROS DE PISO
David Gallego Rubio | Diego G. Rouiz

‘-¿Y esto dónde lo tiro? -pregunta el abuelo desde la galería mientras, con el envase en la mano, intenta descifrar el código de colores.
-¿El qué es esto? -grita la niña desde el sofá, todavía en pijama y con el teléfono en una mano.
-¡Un tarro de aceitunas!
-¡Si es vidrio va al verde!
-¡Pero tiene una etiqueta de papel pegada, y la tapa es de metal, o de plástico o algo así!
-¡Yo que sé abuelo!¡Haz lo que quieras, que siempre estamos igual!
El anciano desliza la hoja corredera de cristal esmerilado, alarga el brazo y el bote de cristal vuela por el patio interior hasta chocar contra el suelo. Satisfecho, vuelve a cerrar la ventana y sale de la galería dirección al salón. La nieta que ha oído el ruido del impacto levanta la cabeza de la pantalla con una mirada mezcla de incredulidad y cabreo.
– Joder abuelo, que luego se quejan los vecinos y me la cargo yo.
– Anda, no te enfades que se te pone cara de vieja gruñona -responde sonriendo mientras cruza el salón para salir al balcón. Lleva en una mano un plato de aceitunas y un botellín de cerveza y el periódico doblado en el sobaco-. Y suelta ya eso un rato que se te van a freír las neuronas. Que no sé que coño haces todo el día con el cacharro ese.
– Pues lo normal. Mirar el Insta, whattsapear,…
– Si es que no entiendo ni lo que dices hija.
– Je,je,…¡Pues hablar con gente abuelo, que pa’ eso son los teléfonos!
– ¡Pero que coño hablar! Si ni despegas los labios.
– Bienvenido al siglo XXI, abuelito.
– Largo se me está haciendo a mí ya el siglo XXI. Me salgo al balcón a que me de un poco el sol-. Al abrir la puerta que da al exterior se gira y pregunta- Por cierto, ¿tú tienes idea de cuando vuelve tu madre?
Por toda respuesta, la niña se encoge de hombros sin dejar de teclear en la pantalla.

Al rato, el abuelo vuelve a entrar y atraviesa el salón vacío dirigiéndose a la cocina. Deja los restos del aperitivo en la encimera, abre la puerta de la nevera, mira en el interior y la vuelve a cerrar. Escucha la cisterna del baño y al salir al pasillo se tropieza con la nieta que camina distraída sin dejar de mirar el móvil.
-¡Ostia, es que ni para cagar lo sueltas! Oye, que la nevera está vacía. ¿Tú sabes cuando vuelve tu madre?
-Que no abuelo, ni idea.
En ese momento suena el timbre de la puerta.
-Pero tranqui, que está todo controlado –dice agitando el teléfono delante suyo y guiñándole el ojo con una gran sonrisa.
El abuelo menea la cabeza y saca la cartera del bolsillo, coge unos billetes y se los da. Sonríe mientras la mira dirigirse al recibidor y abrir la puerta.