COMPATIBLES
Sonia Martínez Cámara | Salvador de Ongallo

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Esther llevaba meses triste. Deprimida desde aquellas tres terribles palabras. Pero también sabía que lo suyo tiene solución; que a rey muerto, rey puesto.

La última semana fue especialmente dura, pensaba continuamente que nunca llegaría esa persona, la que ella necesitaba, aquella con la que ser compatible. Se tiraba en el sofá y abría una buena tarrina de helado de chocolate, se tapaba con la manta de cuadros aterciopelada y encendía el televisor, mirando sin ver nada.

Aquel mediodía recibió la tan ansiada llamada; la cita sería aquella misma tarde, a las dieciséis horas.

Se levantó del sofá como un relámpago, se miró en el espejo. Su aspecto era horrible. Inmediatamente comenzó su ritual de higiene, aquel que hacía meses no realizaba.

Una hora antes de la señalada Esther ya estaba allí; impaciente, temblorosa.

Entre toda la gente que había reconoció a Camino y esta se acercó a saludarla.

-Me alegro de veras de verte por aquí de nuevo -dijo Camino-. Me alegro mucho por ti.

-Camino… Cuéntame, ¿cómo es?

-Es joven, unos treinta años, moreno y, en cuanto a carácter, tan sólo puedo decirte que solidario.

Esther comenzó a temblar aún más, quería escapar de allí, retroceder unos meses en el tiempo y volver a su antigua vida. No quería ver a ese joven, no quería saber su nombre, conocer sus aficiones ni mucho menos a su familia. No estaba preparada para todo esto. Al fin se atrevió a preguntar:

-¿Cómo ha sido?

-Ha sido un accidente de tráfico, conducía por la A-5, con la lluvia de esta mañana se ha salido de la autovía y ha chocado contra el pilar de un puente. Ahora vístete con esta ropa, en breve vendré a buscarte y pasarás a quirófano.