Complicidad entre cafés
Laura Vázquez Hernández | MeloDiosa, et al.

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Él,…esperaba nervioso en una de esas cafeterías «instagrameables», con iluminación tenue y

música de jazz de fondo. Vestía con vaqueros, americana y zapatos, como un caballero,

arreglado pero informal, de esos que siempre llegan un poco antes y dejan rastro de perfume

al pasar.

Ella siempre se hacía de rogar, jugando al misterio, quizá por costumbre o por ilusión… Con un vestido negro clásico, había pasado de ser una “femme fatal” a una señora elegante que

paraba el tiempo con su presencia.

Lo reconoció desde lejos, sentado junto a la ventana, moviendo el pie, jugueteando con el reloj y mirando con impaciencia la entrada. ¡Qué mono! Pensó, y entró con una sonrisa tímida. Sus ojos se encontraron y el brillo de sus sonrisas llenó la estancia. Parecía que el tiempo se hubiera detenido.

Aquel lugar había acogido miles de parejas incipientes y, en sus aterciopelados sillones, se

habían compartido incontables confidencias, proyectos e ilusiones. Pero muy pocas veces las

miradas habían contado tanto. Porque cuando las sonrisas hablan los nervios sobran.

¿Cómo habían llegado allí? ¡Qué extraña casualidad y maravillosa coincidencia! Pudo ser el destino, el karma, algún ser superior… O simplemente la explicación fuera mucho más sencilla, pero el hecho era que pasaron de ser dos desconocidos frente a frente, a estar sentados casi al lado sin saber lo que serían… pero desconocidos ya no.

Nadie se atrevió a pronunciar en alto lo que los dos ya sabían “Cuanto más te conozco más

quiero saber de ti.”

La dinámica los engulló… compartieron ideas, experiencias de la vida cotidiana y cursilerías, en un entorno que les abrazó mientras se deleitaban con un cremoso café seguido de otro más.

La sensación del ritmo era estática, pero el tiempo nunca se para, simplemente se habían

olvidado de la vorágine de la vida mundana centrándose en ellos mismos.

Ya no eran él y ella, sino ELLOS, esos que hacen del mundo algo menos monótono y más

colorido gracias a la chispa que parece decir «Aquí estoy, estoy presente… Y sé que no me

necesitas, pero deseo estar y formar parte de esa luz radiante en tus ojos…»

¡Estaban tan en sintonía! Porque el secreto de la vida estaba en eso, en dos cafés, un trozo de

bizcocho, y alguien con quien compartirlo. Obvio, ¡faltaba el bizcocho!

Habían entrado por separado, pero salieron juntos, cogidos del brazo. Él se ofreció a

acompañarla a casa, y ella encantada por aquella dulce atención, sonrío y con mirada brillante le susurro “¿Por qué no paseamos? Vivo dos calles más allá”.

Y lo atrapó…… se acercó, y tras un beso de esquimal le dio un beso de verdad, su primer beso, con sabor a café. Cuando se separaron le guiñó un ojo y le dijo “¡No pienso olvidarme del

bizcocho!” y ambos carcajearon al unísono.