1156. COMPOSICIÓN, TEMA: LA VACA
Sergio Daniel Gaut vel Hartman | ZAMBLE

—¿Feliz cumpleaños? ¿Usted cree que me produce felicidad cumplir doscientos cuarenta y siete años?
El veterinario contempló a la vaca y guardó sus enseres en el bolso una vez más. Hacía un siglo que todos los años cumplían con el mismo ritual. La vaca era sabia y vieja y en rigor a la verdad no era una vaca sino un ser extremadamente evolucionado del planeta Tohayón, en el sistema Desplumado, que había llegado a la Tierra por accidente, debido a un desperfecto de su nave. Sin embargo, Oglat’oplad se parecía tanto a una vaca que casi cualquiera habría pagado una fortuna por carnearla y hacer un buen asado a la parrilla con ella.
—Arreglará por fin la nave y se irá, ¿no es cierto? —Olegario Santos, nacido y criado en Bragado, Megaplata, amaba a la vaca con un amor exento de esperanzas. Y por culpa de ese amor se había recibido de veterinario en un mundo volcado de lleno al veganismo, lo que como obvia consecuencia había facilitado la extinción de la mayoría de las especies comestibles… y de las otras también. Olegario se moría virtualmente de hambre.
—No, no me iré. He renunciado a reparar ese cachivache. ¿Todavía quiere que nos casemos? —Olegario Santos lo pensó un momento; pensó en su santa madre, en su santo padre, que no era otro que el papa Maledicto II, y en San Guche, el patrono de los veterinarios desocupados. Terminó de pensar y dijo:
—No.
—¡Qué pena! —se apenó Oglat’oplad—. Me hubiera gustado tener sexo con usted.
—Yo, en cambio —dijo Olegario— habría preferido una relación más casual.
—¿Más casual? ¿Y eso qué significa?
—Encontrarnos por casualidad en un planeta errante, a cientos de parsecs de cualquier lugar.
—Y tener sexo —insistió la vaca alienígena.
—Mmm, no. Yo pensaba más bien en algo platónico. ¿Se da cuenta por qué le digo que nuestra relación no tiene esperanzas?
Oglat’oplad volvió grupas y dejó a Olegario solo y consternado. Supimos, a la mañana siguiente, que había entregado su cuerpo (ya que no su alma) a un neeble de Oriflama, un alienígena purulento y desagradable que estaba en la Tierra de paso; era viajante de comercio. Lo hizo por despecho o desubre, si se me permite acuñar el término. Oglat’oplad se suicidó un mes más tarde y donó su cuerpo a la Facultad de Medicina de Harvard para que los párvulos pudieran estudiar anatomía extraterrestre, pero nosotros, miembros eméritos de la organización clandestina Parrilleros del Salado, bloqueamos el envío y le dimos un uso mucho más acorde con las sanas costumbres de nuestra tierra. No quieran imaginar lo que eran las mollejas…