621. ¿COMPRESAS O CONDONES?
LOURDES FRANQUET GARRIGÓS | Mare Blu

—Entonces, ¿qué? ¿Vas a hacerlo o no? —me preguntaron, burlonamente, los colegas.

—¡Pues claro que voy a hacerlo! —exclamé, ofendido—. Si digo que lo hago, lo hago.

—¡Obvio! Porque resulta que para «hacerlo» tienes que «hacerlo». ¿Lo pillas? —se iban riendo–. Y no olvides pagarnos los cinco euros por cabeza a cada uno cuando salgas de ahí con las manos vacías.

—¡Me tenéis harto, tíos! —acabé por enfadarme—. ¡Ya hablaremos luego sobre quien paga a quien!

Para calmarme un poco e infundirme el valor que necesitaba mientras encaminaba mis pasos hacia la farmacia, empecé a pensar en mi chica y en sus ojos, en su pelo, en su sonrisa y en esos melones en los que uno podía hundir su cabeza y morir feliz de ahogamiento.…

«¡A ver! ¡Céntrate!», me dije, determinado a conseguir mi objetivo, mientras alcanzaba el mostrador del establecimiento. Entonces, la farmacéutica se dirigió hacia mí, asintiendo con la mirada para confirmar que era mi turno.

—Dime: ¿qué va a ser?

—Pues yo… Yo… Pues… quiero cond… Esto… , quiero decir compresas, compresas. ¡Eso es! ¡Quiero compresas!

La farmacéutica me miró con un atisbo de perplejidad, pero enseguida fue, solícita, a buscar el pedido.

—Como no has especificado, te traigo varias cajitas. Tienes las normales para flujo moderado o las súper para flujo abundante. También puedes elegir entre las normales o las súper, con alas o sin alas. Después, también está el formato de noche, extralargo, que ofrece total protección para el periodo nocturno.

La chica seguía hablando con una eficiencia y un conocimiento tal del producto, que se diría que hubiera hecho un máster en ‘compresología’. Yo asentía, sin llegar a decidirme por estas o por aquellas.

—¡Venga ya! —exclamó una joven madre que sostenía un bebé en brazos —. Mira chaval: si quieres un consejo, llévate las que llevan alas. Así evitas que se te escurra el tomate por los lados. ¡Ah!, y eso sin mencionar lo que te ahorras frotando bragas manchadas.…

—¡De eso nada! ¡No le hagas caso! —intervino una mujer madura—. Eso de las alas es un invento de los fabricantes para ganar más pasta. Además, si no atinas a la primera con el adhesivo, se queda todo arrugado y no engancha nada. ¡Eso por no hablar de lo incómodo que resulta pillarse algunos pelillos ahí abajo por culpa de las dichosas alas!

—¡Ay, hijas! ¡Pero qué sabréis vosotras! —las hizo callar una anciana—. Las mejores son las de algodón hidrófilo de toda la vida. Además, también sirven para las pérdidas de orina. ¡Lo que yo te diga, jovencito!

A aquellas alturas, mi cabeza parecía una coctelera llena de compresas gigantes con malignas intenciones. Unas querían absorberme, otras volaban enfilando sus alas amenazadoras hacia mi persona……

—¡Condones! Quise decir condones, ¿vale? —estallé, furibundo —. ¡Sí! ¡Una gomita!, ¡un preservativo!, ¡un chubasquero de pito!

Ya en la calle, divisé a los de la pandilla, partiéndose el culo a mi costa. «¡Cabrones!», pensé.