1103. CON LA MUERTE EN LA MIRADA
Elisabetta Spanu | Blancamarina

Siempre fue una chavala optimista. Todo la entusiasma y, sobre todo, de todo es capaz de reírse. Ha heredado el sentido del humor negro de su abuelo materno, que era sardo, y lo ha mezclado con la socarronería aragonesa de su abuelo paterno. La vida le parece más digna de ser vivida si puede ser manchada de risa y alegría. A su padre, a veces, esta “profanación” le parece excesiva, y la regaña por falta de seriedad.
Y así ella, el día que alquilaron unas bicis para cruzar el Golden Gate con motivo de su decimoquinto cumpleaños, tuvo cuidado de no hacer alusiones a la circunstancia por la cual el puente se había hecho trágicamente famoso: el número de suicidios. Pensaba en eso, mientras pedaleaba en medio del atardecer naranja. Después de todo, los adolescentes son existencialistas y se hacen muchas preguntas sobre la vida y la muerte, pero era mejor guardarse las bromas ante ese salto mortal de sesenta y siete metros.
Pedaleaba detrás de su padre, que corría como siempre. Más despacio iba ella, le gustaba mirar alrededor y ahora se fijaba en las muchas personas, familias enteras y parejas, que se asomaban al abismo del río entre la curiosidad y el miedo. Hablaban, gritaban, cantaban, algunas hasta parecían rezar.
De repente su padre frenó, casi se estrelló contra él, se había detenido de golpe gritando que le había entrado polvo en los ojos. Sobre el puente soplaba una brisa perfumada de yodo que entraba hasta San Francisco desde el mar, tan distinta del viento de siroco al que ella estaba acostumbrada en Cerdeña, flagelada por la arena del desierto.
¿De qué polvo le estaba hablando su padre? En un segundo entendió lo que ocurría. Una mujer y un hombre arrojaban al mar, desde la barandilla del puente, las cenizas contenidas en una urna funeraria. Y lo hacían contra el viento.
Sabía que corría el riesgo de llevarse una bronca monumental, pero no pudo contenerse:
“Papá, ¿cómo se ve el Golden Gate con la muerte en la mirada?”.
Mi marido no la regañó, muerto de risa.