1337. CON NOMBRE Y APELLIDOS
JOSÉ MARTÍNEZ MORENO | Doctor Ziyo

Hay ocasiones en las cuales ciertos elementos parecen asociarse entre sí, debido a una especie de incomprensible y cruel azar, para hacerle la vida más dura a uno. En mi caso, han sido mi nombre y apellidos los que me han traído por la calle de la amargura durante gran parte de mi existencia.

Me explicaré. Mi padre se apellidaba Pequeño Lobo, pero lo apodaban Indio por razones más que evidentes. Hasta ahí todo bien. El problema era que el primer apellido de mi madre era Feo, lo cual dio lugar a una combinación desastrosa que no es necesario escribir, ideal para ser objeto de burla, máxime cuando uno está en edad escolar.

Si mis padres no se hubieran conocido nunca, no habría ocurrido nada, pero como he dicho, el puñetero azar hizo de las suyas. El universo se confabuló para que se conocieran, se enamoraran, se casaran y engendraran hijos como si pensaran repoblar la Tierra ellos solos. Hasta cinco tuvieron, todos varones. Yo fui el último.

Debido a esta conjunción fatal, desde niño he sufrido la burla, la mofa, la befa y el escarnio más crueles. Aún recuerdo las risas —ya lo creo que las recuerdo— de mis compañeros de clase cuando el profesor o profesora de turno pasaba lista y llegaba a mi nombre. Porque, no nos engañemos, la combinación Pequeño-Feo suena risible, cómica, casi de monólogo humorístico. Suena vergonzante; esa es la verdad. Y vergüenza fue lo que me hacían pasar aquellos mocosos, que hasta inventaron canciones al respecto para más oprobio de mi persona. A mis sesenta años, todavía lo recuerdo con claridad.

En honor a la verdad debo decir que mis apellidos concuerdan con mi aspecto físico. Soy bajito; mido metro sesenta y tres cuando no me corto el pelo. Y en cuanto a lo de Feo, siempre he sido algo inferior a la media… bueno, vale, he sido muy inferior a la media. En fin, para qué mentir, lo cierto es que la media y yo ni siquiera nos conocemos de vista.

Mis padres demostraron ser unos completos descerebrados a la hora de ponerles nombre a sus hijos. Infinidad de veces me he preguntado si tomaron alguna clase de sustancia alucinógena en el momento de decidirlos. Es la única manera de comprender que mis hermanos se llamen, por ese orden, Máximo, Segundo, Perfecto y Primitivo.

Pero a mí… a mí me pusieron Agapito. Aga-pito. Nunca se lo perdonaré.