1441. CON VELCRO Y TODO
Mónica Beneyto Hurtado | MBH

Mi amigo Luismi acababa de romper con su novio y, con el alma herida, ese hombre es un peligro público. Es capaz de convencerte de que eres Beyoncé (aunque el espejo y los vídeos del día siguiente digan lo contrario). Te saca de la cama y te arrastra a una discoteca llena de niños que podrían ser tus hijos (o tus nietos) y te hace creer que la falda que compraste con dieciocho años aún te sienta genial y que, sin las gafas que te dan el poder de la visión, estás mucho más guapa.
Así que allí estábamos: una Beyoncé mental, Luismi y una nueva amiga suya que bebía chupitos a una velocidad que desafiaba todas las leyes de la física.
Serían las cuatro de la mañana, cuando Luismi y su amiga se colaron en un reservado de la zona VIP. Yo me sentía la abuela con trasplante de cadera que persigue a sus nietos por el parque.
Según entramos al reservado, Luismi pegó un grito de emoción:
– ¡Pero qué cojines más monísimos! ¡Es que van perfectos con mi salón!
Empezaron a bromear con llevárselos: se los metían debajo de la camiseta y fingían embarazos, o en el culo y bailaban twerk…
Muy gracioso, hasta que, de pronto, los veo correr hacia la puerta mientras se ríen y me gritan que coja to también un cojín. Me pudo la presión: lo cogí sin pensar y salí corriendo, desafiando las costuras de mi falda adolescente y replanteándome todo lo que estoy haciendo mal en esta vida.
Conseguí llegar a la calle antes que el fallo cardiovascular y al fin respiré cuando vi el coche de Luismi en la puerta. Me abalancé sobre el asiento trasero mientras vigilaba que nadie me viera.
– ¡¡Pero arranca ya, imbécil!! – grité. Y arrancó.
En cuanto perdimos de vista la discoteca, me fijé con más detenimiento: esa nuca que conducía no se parecía a la de Luismi. Y la verdad es que el coche tampoco mucho.
Por un segundo pensé que me iban a raptar por un cojín estampado. Ojalá me hubieran raptado.
Era un compañero de trabajo, con el que a penas había cruzado palabra, y que esperaba a su hijo, de edad seguramente más acorde a la circunstancia.
Amablemente me dejó en casa sin hacer muchas preguntas, aunque no creo que tomemos café juntos en la oficina en un futuro próximo.
Cuando llegué a mi portal, vi a Luismi y a la amiga de los chupitos riéndose y llamando a todos los telefonillos. Salí con todo el enfado que cabía en mí (y en ese modelito talla 36) y les lancé el cojín a la cabeza gritando diversos improperios. Se callaron un segundo pero volvieron a reírse con más ganas todavía al recoger el cojín del suelo.
Y es que resulta que me había jugado la libertad, un desnudo integral en mitad de Madrid, que mis vecinos me abran los grifos y todo rastro de dignidad personal y profesional, por un reposabrazos. Con velcro y todo.