1360. CONCURSO DE TALENTOS
JAVI VALERO CLEMENTE | THE NUEVO

Mi vecino canta a voz en grito. Nos dedica, con disciplina militar, tres pases diarios: al amanecer, a la hora de la siesta y a las dos de la madrugada. Su canto es una mezcla de dementes tarareos de éxitos de los ochenta, alaridos de hombre lobo y el canto de cortejo del periquito australiano. Mi vecino es un enfermo mental. Lo sospechábamos todo el vecindario y él mismo nos lo corroboró describiéndonos el término médico de su enfermedad: “Yo lo que estoy es como un cencerro”.
Un día, intenté convencerle de que, quizás, lo de cantar no era lo suyo y que podía encontrar otras aficiones mucho más satisfactorias como, por ejemplo, lanzarse desde la azotea. Ya lo tenía casi convencido cuando apareció la vecina de arriba y le dijo: “Tío, me gusta como cantas. Sigue así, no lo dejes”. No sé si mi vecina es una cachonda u otra chiflada pero el resultado fue que el idiota del vecino canta ahora a todas horas.
Bajé a la playa buscando tranquilidad y lo que encontré, realmente, fue una niña berreando en perfecta asincronía todas las canciones que le cabían en su puñetero móvil mientras su padre y su madre aplaudían y jaleaban sus interpretaciones como si estuvieran presenciando un jodido concurso de televisivos talentos.
La crispación que toda esta escena me producía me hizo preguntarme si era lícito que un adulto pudiera llegar a odiar a una niña y no tardé ni un segundo en responderme que no solo era lícito sino justo y necesario.
Me visualicé levantándome y acercándome a la jovial familia; librándome de sendos guantazos de madre y padre; acojonando a la niña narrándole alguna terrorífica historia; aprovechándome de su estado de estupor para arrebatarle el teléfono y, como final de tan gerundivo y dramático clímax, estampándole el móvil contra una roca.
Me levanté dispuesto a cumplir con el plan pergeñado pero, al acercarme al padre, lo que antes era una confusa figura detrás de una sombrilla, se convirtió en una amenazante realidad. Una descomunal y tatuada masa de grasa se presentó ante mí y advertí en su mirada que si, por el motivo que fuere, estuviera en su intención arrancarme el corazón de cuajo no sería yo el primer ser humano al que aquella bestia hubiera proporcionado el mismo tratamiento.
Recogí mis playeros bártulos y me marché. Una huida a tiempo nunca deja de ser una victoria.
Regresé a la playa al día siguiente y allí encontré, de nuevo, a mi peculiar familia. Mientras sus progenitores colocaban sombrillas, estiraban toallas y enfriaban cervezas, la niña ya estaba con el móvil a todo trapo dispuesta a darlo todo por su arte.
Yo, por mi parte, me he traído a mi vecino. Le convencí de que la acústica de un lugar abierto sería perfecta para lograr cotas de volumen inigualables y por si le diera un bajón interpretativo he traído también a la vecina para que no pare de animarle.
Tres, dos, uno…¡Qué comience el combate!