1577. CONFIANZA CIEGA
Pilar Pérez Pacheco | Pilar Pérez Pacheco

En silencio y pensativos vuelven del cementerio de despedir al compañero de dominó de las tardes en el casino. Tomás, visiblemente afectado y más taciturno que de costumbre, sin más preámbulo suelta la frase «a nuestra edad, lo único que nos queda por hacer es sentarnos a esperar la muerte».

Y Pedro asiente con un leve movimiento de cabeza, porque, como siempre, Tomás tiene razón. Tomás es muy leído y muy listo, es más, es el listo de los dos; pero esto, lejos de incomodar a Pedro, le hace sentirse orgulloso y agradecido por su amistad incondicional de tantos años. Admira su lógica, sus deducciones, sus razonamientos, sus acertados juicios y sus opiniones bien fundadas. Por eso, a pesar de sonar un poco siniestro lo de sentarse a esperar la muerte, no se le ocurre ponerlo en duda ni por un momento. Si Tomás lo dice, es así.

En cuanto llega a casa empieza a buscar el lugar idóneo para la espera que, si bien no se presume excesivamente larga, tiene que ser lo más cómoda posible. Descartados cocina, baño y dormitorio, encuentra el acomodo que requiere la situación en el sillón junto a la mesa camilla; desde allí se ve la calle, que le puede servir de distracción en las solitarias horas por venir.

Al día siguiente, confortablemente instalado, se dispone a emprender la etapa final de su viaje. Transcurridos treinta larguísimos minutos, intuye que esto va a ser más pesado de lo que creía. Aburrido, sin nada que hacer ni en qué pensar, está tentado de llamar a Tomás y preguntarle si puede leer o ver la televisión mientras espera. ¡Qué tontería!, de ser así se lo habría dicho. Y no va a importunar con naderías al amigo. Claro que, si esperasen juntos, sería más ameno. ¡Otra tontería! ¿Dónde se ha visto esperar la muerte en compañía? Seguro que Tomás está concentrado en la espera sentado tranquilamente en su mecedora.

Los interminables y tediosos primeros días dan paso a una suerte de paz interior, señal inequívoca de que la muerte se acerca. Pedro cierra los ojos y se prepara a recibirla, no sin antes hacer desfilar su vida ante él a toda velocidad, como dicen que ocurre. Y en la sucesión de imágenes, omnipresente, Tomás: impidiendo su boda con aquella lagarta que solo perseguía su dinero; comprándole por favor el campito que lindaba con el suyo; evitando que se apuntara a los viajes del Imserso, a los que él no tenía más remedio que acompañar a su mujer… Qué gran amigo había sido Tomás, siempre facilitándole la vida.

Vaya faena, Tomás, mira que morirse el primero. Abstraído, Pedro cruza la calle ajeno al coche que se acerca veloz. Inmóvil en el suelo, no puede reprimir la risa que acaba por estallar. Los curiosos que se acercan oyen entre sonoras carcajadas: «¡Que jodío Tomás! ¿Pues no me dicen que ha muerto de un infarto en brazos de una vedette en un hotel de la costa? ¡Qué jodío Tomás!».