751. CONTRA CUENTA CORRIENTE
Marta Guzmán Gutiérrez | Cotton

Antes me hinchaba como una esponja al pronunciar “yo trabajo en banca”.
Ahora me quedo encogido, arrugadito y seco. Un estropajo.

Es que tengo muchos enemigos: los clientes, los jefes, más los familiares y amigos que, vaya por Dios, también son clientes. En qué mala hora abría yo cuentas alegremente a la familia para que ahora se me atraganten metiches comentarios en cada comida, cena, o las mal llamadas celebraciones, en la que siempre alguien aprovecha a meterse conmigo. En ellas entiendo el término ese de tener buenas tragaderas, literalmente.

Lunes, 7:00am. Abro mis ojos a la par que mi sucursal. ¿Es necesario madrugar tanto? Quito la alarma de la mesilla y la de la oficina con la misma naturalidad. Sin embargo, acechan otros enemigos: los cacos, delincuentes y estafadores variopintos. Pero como no los tengo a diario, pues vaya, no los temo tanto.

Total, que abro el redil y ante mí, como tras el chupinazo de los sanfermines, se me viene la marabunta, libretas en mano, dispuestos a atacar. Asoma la primera.

A lo Bertín Osborne, le dedico mi mejor: “Buenos días señora”. Y ella, como si llevara todo el fin de semana mascullando su discurso hilarante, empieza a soltar acusaciones: Esto no le conviene. Resulta que cerramos “su” banco y ahora tiene que desplazarse hasta ahí, y con la rodilla operada, encima.

Encima, veo que se me echan. Todos a una. dirigen miradas lastimeras a su pierna, y acto seguido las lanzan envenenadas contra mí, como si le hubiera puesto la zancadilla al entrar. Acompañan los improperios típicos: “¿a dónde vamos a llegar? ¡qué vergüenza!”

Yo entono el pobre de mí y bandeo los capotazos. Me he vuelto capaz de esquivar y contratacar, guardando las formas a la vez. Es que me siento tan observado, que no sé si me asusta más el miura de turno, o los que levantan polvo, escarbando la arena.

Soy como el esclavo ante las fieras del Coliseo, que además se enfrenta al dedo acusador del César, por si lo otro fuera poco.

Pero a pesar de todo, me crezco. No sé si por torero, o por esclavo, me vuelvo Espartaco. Remato la faena sin daños ni reclamaciones. Olé.

Sin embargo, me rindo. Porque en el móvil ahora me increpa mi jefa. Abre otro frente. Que cuánto he vendido, dice, que ya llevamos unas horas abiertos. ¿Vendido? El alma al diablo. ¿Abierto? En canal, casi.

Rebusco en mis adentros hasta el esqueleto, a ver si encuentro algún resquicio de paciencia para poder contestar.

Claro, santo Job tenía que llamarse (trabajo en inglés).

Entonces decido escapar.

Consigo despistar la trinchera que me asedia tras la puerta, amenazante, tratando de sacar efectivo del cajero. Ahora mismo prefiero que me roben el dinero que el tiempo. Paciencia no me queda.

¡Aire! Salgo dispuesto a disfrutar mis únicos minutitos de tregua.

Pues tampoco. Nada más pedir café, el camarero me avasalla porque no funciona el datáfono. ¡SOCORROOO!