1149. CONTRACORRIENTE
SOFÍA VILLAR BÁÑEZ | SOFISOFF

Siempre me ha gustado llevar la contraria. No pretendo conseguir nada con ello, ni siquiera tocar las narices. Creo que la única razón para esta mala costumbre es el hecho de ser una persona completamente normal.
Me llamo Manuel García. Si no fuese suficiente conocer a cuatro ”Manus”, tres “Manolos” y un “Manué”, el INE confirma que mi nombre es el segundo más común en España, por detrás de Antonio. Del García, mejor ni hablamos. Soy moreno, con ojos oscuros. Como la mitad del país. Mido 176 centímetros, exactamente la altura media de los hombres en España. No contribuyo a subirla ni a bajarla. Igual con el peso. Nunca he destacado en los estudios ni en los deportes. No soy ni listo ni tonto. Desde el día en que nací, 2 de enero de 1958, estaba destinado a ser invisible. Solo hay algo peor que ser yo: ser mi hermana, María García.
A los diez años decidí hacer algo para destacar. Competíamos en una carrera de atletismo diez chicos. Yo iba justo el quinto. Sabiendo que no iba ni a ganar, ni a perder, me di media vuelta y corrí en dirección contraria. Atravesé la línea de meta el primero, pero se ve que es irrelevante si se atraviesa por el lado equivocado. Desde entonces, si alguien dice blanco, yo digo negro. Porque sí.
Solo ha habido dos situaciones en las que, por respeto, no he llevado la contraria. La primera, un caso de vida o muerte. Recuerdo el día que murió mi padre. Era carnicero y se cortó varias veces la mano. No sé si por accidente o por tener una excusa para escapar de doña Maruja, que siempre le contaba su receta de carne guisada. Le llevé a urgencias con tan mala suerte que, a la segunda hora de espera y medio litro menos de sangre, apareció un yonki. Mi padre, en su incansable esfuerzo de protección, me dijo: “Hijo vete. Este no es lugar para un niño”. Mocetón de cuarenta, pensé. Y me fui. Si iban a ser sus últimos momentos, él decidía con quién estar. Murió desangrado por la rapidez de las urgencias. La segunda, para evitar que, por mi contradicción, alguien creyera que no era bueno haciendo su trabajo. A los veinte años me dio por escuchar vinilos rayados que la gente desechaba. De tanto oirlos, se me quedó por costumbre repetir las frases tres veces. Cuando iba a comprar el pan, sucedía lo siguiente:
– Una pistola.
– 34 pesetas.
Don Antonio me entregaba la barra de pan.
– Una pistola.
– 34 pesetas.
Me entregaba una nueva barra de pan.
– Una pistola.
– 34 pesetas.
Me entregaba una tercera.
Así me iba yo a casa, con tres barras de pan y 102 pesetas menos, pero sabiendo que el panadero no se había sentido un inútil.
Así, en mi vida he conseguido que lo contradictorio sea mi sello de distinción. No soy un Manuel García más en el mundo.