1174. CONVERSACIÓN EN EL ORIENT EXPRESS
Sergio Gonzalvez | Mary Umbrella

—Date prisa o perderemos el tren —apremió Dolly a su hermana pequeña, mientras la arrastraba por los andenes de Gare de Lyon. Dolly era fuerte, con carácter, y hacía malabarismos con tres maletas, al tiempo que tiraba de Daisy. La joven tenía dieciocho años, pero su cabeza se había estancado en los seis.
—Passengers au train! —se escuchó por megafonía.
—Daisy, date prisa o te quedas en tierra —lanzó un ultimátum Dolly, mientras subía las maletas al vagón. Daisy se precipitó sobre ella, tiró a Dolly al suelo causándole un enorme chichón.
—¡Unicornio! —dijo sobresaltada Daisy.
—¡Así Jacques no querrá casarse conmigo! —se lamentó Dolly.
—Dolly, ¿te dueli? —se disculpó Daisy.
—Los unicornios son mágicos ¿no? Todo irá bien.
Por fin llegaron al vagón, el número 13 para más inri, y allí les esperaba una mujer árabe, con un niqab marrón. Tenía un porte elegante y las invitó a tomar asiento. Las hermanas dudaron porque la dama era bizca y cada ojo apuntaba en una dirección.
—Daisy, voy a buscar hielo para el unicornio, no te muevas de aquí —dijo Dolly.
—¡Hola, soy Daisy! Daisy Thomas —se presentó la joven.
—¿Que tome qué?—preguntó la mujer árabe.
—¿Cómo te llamas? —insistió Daisy.
—Soy Abla, que significa “perfectamente formada” —dijo mientras se estiraba el pañuelo.
Daisy no parpadeaba. El tiempo en su mundo avanzaba despacio.
—A-bla —repitió la mujer árabe, silabeando su nombre.
—No quiero.
La dama insistió, pensando que era tímida.
—Vengo de Ras Al Jaima, ¿lo conoces?
—Jaima es tienda de campaña.
—¡No! —sonrió— Es un emirato.
—Rasca el karma —repitió a su manera Daisy.
En ese momento entró en el vagón Dolly con una bolsa de hielo en el entrecejo.
—¿Habláis del Karma? Hoy yo sí que tengo mal karma.
—Abla —señaló Daisy a la dama árabe.
—¿Que hable quién? —respondió Dolly.
—Yo, yo Abla —contestó la pasajera.
—Yoyo, quiero jugar —respondió Daisy.
La mujer árabe probó de nuevo:
—¡1,2,3, el escondite inglés!
Dolly, que había visto “El juego del calamar”, decidió no pestañear. Pero, ¿y Daisy?
El tren llegó a la siguiente estación, y la dama árabe se bajó del convoy con un leve gesto de despedida. Las dos hermanas respiraron tranquilas y prometieron no contar a nadie su extraña aventura de ese día en el Orient Express.