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JON ANSA | ANSA

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«-¡¡No pares!! ¡¡No pares joder, acelera!! ¡¡¡Maldita sea, acelera!!!

Nunca me había sentido así. Nunca había vivido algo como esto.



Desde pequeño mi padre me introdujo en el mundo de las carreras. Primero compitiendo con los karts, más tarde viendo los rallies que se celebraban en la sierra, y desde que cumplí los 18 años yendo al circuito a cruzar su BMW M3 E30 en cada curva hasta desgastar los neumáticos traseros.



Pero esto era otra cosa. No estaba en el circuito. No tenía la tranquilidad de poder calcular cada trazada, cada cambio de marcha, cada frenada… Estaba al volante de un coche a toda velocidad atravesando la avenida.

Coches a ambos lados. Semáforos cambiando de color.

Un tipo en el asiento del copiloto. Otros dos en los asientos traseros. Una bolsa llena de dinero. Un arma de fuego. Gritos dentro del coche. Y la policía pisándonos los talones.

-¡¡Mierda, los tenemos detrás!! ¡¡ Más rápido!!



No esperaba una persecución. No estaba prevista. No como me lo habían vendido:

-Damos el palo, recorremos 4 manzanas hasta el parking del centro y dejamos el coche. En las escaleras donde no hay cámaras nos cambiamos de ropa, salimos y nos metemos en el metro. En el metro otra vez nos cambiamos de ropa. Rápido. Fácil.



Mi primera carrera con la policía.

-¡¡Joder los tenemos pegados!! ¡¡Acelera!! ¡¡Nos van a pillar!! ¡¡Nos van a joder!!

Miré fugazmente por el retrovisor. Desde el asiento trasero El Gato no paraba de girarse a mirar al coche de policía que teníamos pegado al culo. Bajo el pasamontañas se podía ver el pánico en sus ojos.

-¡¡Cuidado, cuidado!!

Volví de inmediato la mirada a la carretera. A escasos 3 metros de mí había un camión de reparto. Levanté el pie del acelerador y giré bruscamente hacia la izquierda esquivándolo e invadiendo el carril contrario. De frente apareció un coche rojo. Sólo se oían los gritos dentro del coche.

Por un momento el tiempo se paró. Bajé de marcha, pisé a fondo el acelerador hasta ponerme a la par del camión y giré el volante hacia la derecha lo justo para adelantarlo. En ese mismo instante rocé bruscamente el coche rojo con el lateral derecho de mi vehículo, haciendo que mi retrovisor estallara en pedazos que caían sobre el asfalto como metralla. Pude ver la cara de la mujer que lo conducía, incrédula y horrorizada ante lo que estaba ocurriendo.



El coche rojo y el camión pararon bloqueando el tráfico. La policía se perdió entre los vehículos. Enderecé el volante y encaré la carretera. Los gritos habían cesado. El carril estaba completamente libre. La suerte nos sonreía por fin. Subí de marcha y pisé el acelerador a fondo. Sólo se oía el rugir del coche.

Coches a ambos lados. Semáforos cambiando de color.

Tras el semáforo, de la nada apareció un coche cruzándose ante mí.

Cerré los ojos con fuerza.

Perdí.

«