572. CORRER ES SANO (DICEN)
Marta Isabel Terry López | Remorilla

Por alguna razón y en algún momento, la humanidad pensó que era buena idea. Y si podías arrastrar a alguien, mejor. Todo empezó uno de esos fines de semana tan ansiado. Tan ansiado, porque llevas desde el lunes pensando “qué ganas de que sea sábado, para tener tiempo y hacer cosas”. Te visualizas con esa limpieza-general-propósito-de-año-nuevo. O algo más sofisticado, leyendo un libro (sí, en papel), en alguna pequeña terracita con encanto, perdida en un rincón de la ciudad. Dudas unos segundos, y lo transformas en un aperitivo junto al mar. Mucho mejor.

La triste realidad, es que ya es domingo. Estás en el sofá viendo una de tantas películas en la que unos adolescentes huyen de algún animal modificado genéticamente. Móvil en mano, echo un vistazo al servicio de mensajería de turno (sabéis a cuál me refiero). Ironías de la vida, desactivé las notificaciones, pero sigo mirando de vez en cuando en busca de novedades. Bingo. Hay mensajes en uno de los grupos. Ana, siempre enérgica y con un optimismo digno de estudio, acaba de tener una revelación.

–“Holaaaaaaaaaaaaa, oye, ¿por qué no corremos la media maratón?”
Antes de contestar, me aseguro de comprender el contenido del mensaje. Tecleo en el buscador “media maratón distancia”. Me lo temía: 21,097 km.
–“Hola” – contesto – “¿no hay también 10 km?”
–“No” – responde – “O sea, sí hay, pero vamos a por los 21K”. ‘K’ (léase cas) es parte del argot, se refiere a km. Y ‘vamos’ implica, que he contraído algún tipo de obligación legal.
–“Y podemos ir todas iguales, he visto unas mallas monísimas de flores” – sigue.
Monísima es la palabra. Cuando vuelvo a casa después de trotar un poco (más argot), parece que he estado varias horas chamuscándome en la playa. Me he cruzado con chicas que ni parecen gambas ni se despeinan. Sin duda algo estoy haciendo mal.
María sigue sin pronunciarse, me vendría bien un aliado.
–“Pues eso, que ya está abierto el plazo de inscripción” – Ana envía un enlace – “tenemos que elegir cajón”
–“De pino para mí” – contesto, sombría.
Ana añade una de esas caritas que lloran de risa. “Nooooooooo, es según el tiempo que vayas a tardar en completar la carrera”
¿Carrera? Así llamábamos a cruzar el patio corriendo en Gimnasia. Mejor llamémoslo averno. “¿Qué cajón es, tiempo estimado: toda mi vida?” – escribo. Lo reconozco, no estoy entusiasmada.
Más caritas que lloran de risa. “Bueno, échale un vistazo” – responde – “Por cierto, sigues entrenando, ¿no?”
“Define entrenar”, pienso. Suena más a interrogatorio que a interés por mi condición física. Igual la conversación debió empezar por ahí. Nos habríamos ahorrado las mallas monísimas y los cajones.
–“Claro” – contesto, no sé por qué, rememorando mis sprints para cruzar la calle a tiempo.
–“Genial” – dice Ana – “Me acabo de inscribir, incluye un ticket para tomar paella. Oye te dejo, ya me decís algo”
Mmm, el clásico paella-caña-post carrera, para recuperar las calorías quemadas (o doblar tal cantidad). Abro el enlace, relleno el formulario. Suspiro y pulso “Confirmar inscripción”.