1167. COSAS DE MI MADRE
DEMETRIO GONZÁLEZ CORDERO | Te Recuerdo Amanda

COSAS DE MI MADRE
Seudónimo: Te Recuerdo Amanda

Cuando me desperté aquella mañana, exactamente a las ocho, escuché la voz inconfundible, cálida siempre, de mi madre: “Andrés, hijo, ahí te dejo, en la mesa de la cocina, el zumo. Te he preparado la tostada con mantequilla y mermelada de frambuesa… ya sé que te gusta. Pórtate bien, niño. Yo ya me voy, cariño. No sé a dónde me voy a ir, pero ya me voy”.
Segundos más tarde -sin la mínima duda- oí claramente el golpe de la puerta al cerrarse. Me levanté con rapidez. Acudí a la cocina. Dubitativo, sí, pero ilusionado. En la mesa de la cocina no había ni zumo, ni tostada con mermelada. No me enfadé. Sonreí.
Yo, Andrés, tengo 72 años. Mi madre murió hace catorce años. Sonrío de nuevo. Preparo tranquilamente mi desayuno. Primero, el zumo de naranja, como me lo hacía mi madre cuando yo tenía siete, diecisiete o veintisiete años. La tostada con mantequilla y mermelada de frambuesa no podía faltar.
Mientras desayunaba me dije: “No se me ha ido la cabeza. Estoy cuerdo. Lo que me pasa es que recuerdo”. Después de pensar esto, sentencié: “Feliz serás si tienes una madre que te acompaña, aunque haya muerto hace catorce años”. “Te recuerdo, madre. ¡Que en paz estés, allí donde estés! ¡En el infierno no, eh!”. Y me reí como un niño.
Cuando reía infantilmente a carcajadas (¡ja, ja, ja!) recordé algo parecido que me sucedió hace tres meses. Serían las seis de la mañana cuando me desperté, asustado, al oír que se abría la puerta de la casa. La abrían desde fuera.
Me incorporé en la cama y escuché la voz atropellada de mi madre, siempre inconfundible: “Se me olvidaba, Andrés, ¡qué cabeza la mía! Escucha, hijo, te he dejado, ahí, en la cocina, en una cazuela, las lentejas. Ya han hervido media horita con sal, cebolla, aceite y laurel. Blanditas quedan. En otra cazuela están las almejas. Prepáralas y échalas con las lentejas. ¡Que te aprovechen! Yo no sé si volveré a comer. ¡Que te sienten bien!”. Largo era el párrafo, pero lo escuché enterito.
Oí la puerta al cerrarse. Bajé de la cama. Me puse las zapatillas. Fui corriendo a la puerta. La abrí. Estaba en pijama. Me asomé a la escalera para ver si bajaba mi madre. ¡Y hasta tiré una zapatilla por el hueco de las escaleras con la intención de que mi madre subiese a devolvérmela! Esperé, pero mi madre no subió con la zapatilla para darme una buena azotaina en el culo. Después fui a la cocina, con un pie descalzo y el otro enzapatillado. Allí no había ni lentejas, ni almejas. Sonriendo, me dije muy convencido: “Feliz serás si tu madre te enseñó a preparar unas buenas lentejas con almejas”.
Recordé: añadir el sofrito con cebolla, perejil, ajo y vino blanco. Sonreí: “Hoy comeré lentejas con almejas. ¡Lentejas, si están buenas, no las dejas! Y si no las tienes, no te quejas”.