1332. COSAS DE PADRES
Andres Serrano | Náufragoenlaluna

Mi madre siempre me ha dejado dos cosas claras. Que no repite las cosas, y que no responde a preguntas estúpidas.
Llegado a cierta edad, me di cuenta de que dentro del grupo de “preguntas estúpidas” estaban, según mi madre, el 99% de las mías, desde los 6 años hasta el día de hoy. Que no repite las cosas significa que, si te ha dicho que no, es que no, y si no te has enterado, lo siguiente será un NO físico, concretamente en forma de alpargata.
Si el lanzamiento de alpargata hubiese sido una categoría de los juegos olímpicos, mi madre tendría la pared del salón llena de medallas de oro, la Michael Phelps de las alpargatas. Una vez vi cómo le lanzaba a mi hermano una alpargata desde el salón y esta giró en el pasillo para seguirlo. Era una maestra en este arte.
Yo no sé las demás madres, pero la mía solía utilizar unas respuestas la mar de originales cuando yo era chico.
– ¿Mamá, me das dinero para comprar petardos?
– ¡Claro! Ahí en el monedero tienes un billete de 2000 pesetas, cómprate lo que quieras, petardos, una cerveza y un paquete de tabaco.
Con esa respuesta sabias que ese billete no existía.
Hace muchos años le dije que me diera dinero para comprar una coca cola, y me dijo que mejor me iba a dar para un “Coca colO”. Al principio pensé que no era capaz de pronunciar bien la marca Coca cola y me dio hasta pena. Cuando vio que me quedaba esperando el dinero dijo: “Este niño es tonto”. Si me hubieran dado un euro cada vez que he escuchado esta expresión en mi vida, ahora estaría escribiendo esto desde mi mansión en Bali.
Mi padre no anda lejos con sus contestaciones. Al poco tiempo de sacarme el carnet de conducir le dije que me dejara su coche, y este me dijo algo muy raro:
– ¿Tú has visto alguna vez a Robin conduciendo el coche de Batman? Y se fue al salón.
¿Batman? El supuesto batmóvil, según mi padre, era un Seat 127 de hierro fundido que tenía la matricula en números romanos, en serio, ese coche salió al mercado cuando Moisés aún no había bajado del monte Sinaí.
El primer coche que compré fue con mis dos hermanos, por lo que el sueño de los tres era verlo aparcado en la calle, porque eso significaba que no lo tenían los otros dos. El coche era de los tres, pero nadie quería gastarse un duro en él. Recuerdo que estuvimos más de dos meses conduciendo a 60 klm/h porque el coche no cogía más velocidad y nadie quería pagar a un mecánico. Cuando por fin lo llevamos al taller, el mecánico se montó, dio una vuelta pequeña, volvió y dijo: El problema es que se os había quedado la alfombrilla del conductor debajo del pedal del acelerador.
Mi madre lloraba de la risa mientras murmuraba, “es que sois tontos”.