COSAS DEL DESTINO
Jesús Montoro Louvier | LEÓN TULL

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Nunca se sabe las vueltas que va a dar la vida. Hoy abajo y mañana, ¿por qué no?, en la misma cima. Que me lo digan a mí. Hace un mes era un tipo de cuarenta y tantos, soltero, tirando a fofigordi y para más inri viviendo con mamá. Pero hoy, aunque respondo por el mismo nombre, tengo un lustre distinto, parezco otro y todo por un único motivo.

No, no penséis en un injerto capilar; tampoco he perfilado mi bulbosa nariz, ni he recurrido a la lipoescultura. Soy intolerante al dolor desde muy pequeño, y las agujas con solo verlas me producen sofocos. El motivo es bien distinto. Después de quince años de desesperanza, de sueños rotos, al fin he aprobado unas oposiciones. ¡LA HOSTIA!

La verdad es que tener trabajo fijo, con tus pagas, días de asuntos propios, ayudas y demás, te permite ver la vida de otra manera, con más desahogo; incluso te anima a cumplir alguna de esas fantasías que te ronronean desde antiguo, pero que sabes son harto complicadas de cumplir.

Fantasías tengo unas cuantas, aunque no es cuestión de volverse loco y ponerse con todas ellas al tiempo. Hay que saber dosificarlas, degustarlas, que se vayan derritiendo como un bombón de los finos, sin prisas.

He de deciros que de entre todas ellas, hay una que me excita especialmente. Una que he ido perfilando y recreando en mi cabeza hasta definitivamente ponerla en marcha. Un subidón de maligna venganza que ayer por primera vez hice realidad, y que pienso repetir tantas veces como pueda.

Esto de hacer una entrevista de trabajo cuando el resultado te importa menos que un bledo genera cierta adicción. Después de tantos años de injusticias, de no reiterados, de esperar una llamada que no llega, ahora soy yo el que se ríe a boca abierta al escuchar las condiciones laborales que me proponen. Ahora soy yo quien alarga los silencios hasta la exasperación; quien hace las preguntas incomodas; quien se toma la libertad de bromear y cuestionar el escaso sentido de humor de su entrevistador.

La vida, por fin, me ha dado lo que tantas veces me ha negado. Ahora me toca a mí saborear sus caras de perplejidad cuando doy por concluida la reunión. Y como guinda final, no se me ocurre mejor forma de despedirme que dejando sobre la mesa, mi tarjeta de visita, a dos colores, en la que se puede leer: «Inspector de Hacienda»; y en el reverso, junto a una carita sonriente, una dedicatoria a pluma muy especial: «Cuidadito, os vigilo».