COSAS PARA EXPLICAR A UN PAPEL EN BLANCO
Juidth Ariza Durán | Alaska

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La vida está llena de primeras veces. Y aunque la memoria sea muy selectiva, esos momentos son difíciles de olvidar. Supongo que todo el mundo recordará su primer día de colegio o de instituto.

Su primer beso, su primer amor, hasta su primera ruptura.

Para bien o para mal, las primeras veces nunca se olvidan.

Será porque el cerebro sufre una cantidad de estímulos que lo deja marcado para siempre.

Y el corazón late a una velocidad que siempre nos deja con las manos temblorosas y las mejillas ruborizadas.

Pero hoy quería recordar la primera vez que decidí ir al psicólogo.

Siempre había pensado que yo sería de esas personas que nunca necesitarían ayuda.

Que era invencible porque había superado yo sola miles de situaciones.

Pero la realidad muchas veces es distinta, y esa realidad la gran mayoría de veces te viene grande.

La primera vez que pedí cita a un psicólogo estaba nerviosa. Cuando pensaba en ello me quedaba en blanco. Se me olvidaban hasta mis propios problemas. Pensaba que no sería capaz de verbalizarlos en voz alta. Creo que me daba miedo escucharme, porque si lo decía, significaría que todo era real, y eso no me gustaba.

Cuando llegó el día, me hice una coleta mal hecha, me quité el pijama (dando gracias) y me fui para la consulta. No podía parecer más triste. Supongo que poniéndome en esa situación me sería más fácil admitir toda la tristeza que sentía. O más bien todo el miedo que tenía dentro.



Al entrar a la sala de espera me di cuenta de que todo el mundo estaba igual o peor que yo, aunque lo intentarán disimular con maquillaje y cremas para las ojeras.

Al momento la psicóloga dijo mi nombre y entre en esa salita de color beige, decorada con plantitas de plástico y cuadros con frases motivacionales.

Y antes de que ella empezara a hablar; dije : tengo miedo al futuro…

Y supongo que mi propio miedo me impulsó a ver balizar todo lo que me atormentaba, porque al final todo estaba pasando en el presente, ahora ya pasado.

Y si, las primeras citas son horribles, siempre se te acaba rompiendo la falda o las medias, siempre se te acaba corriendo el ‘rímel’ o se te acaba cayendo la terrible gota de tomate encima de la camisa blanca.

Pero al final siempre nos regalan algo que explicar a los demás, algo que explicarle a un papel en blanco que probablemente se sienta más vacío que nosotros.