848. COSAS QUE PASABAN Y NUNCA TE DIJE
DOMINGO LOPEZ HUMANES | JOE MACANAS

Veníamos de parranda —nunca la noche fue tan corta—, de cualquier feria pachanguera, de cualquier discoteca de verano, cinco andobas, molidos de bailar, de reír y ligotear, hasta arriba de canutos y de alcohol, alguno con un vaso aún en la mano, apurando el DYC y la juerga, apretujados en un Seat Panda de segunda mano en el que, tras dejar atrás una desolada y larga carretera comarcal llena de curvas y baches, llegábamos al pueblo por pura querencia del utilitario hacia el garaje y el conductor, que estrenaba carnet, casi tan colgado y borracho como los pasajeros —o más— detenía el coche en el semáforo en rojo de entrada a la localidad, en la desierta avenida de reciente construcción, justo en el momento en que empezaba a amanecer y mientras no cambiaba a verde, dábamos todos una cabezadita involuntaria y simultánea, antes de llegar a casa y dormir en condiciones el pedo para estudiar resacosos por la tarde y entonces nos despertaba el bocinazo súbito de un coche detrás y, aturdidos, notábamos que la luz nos cegaba porque el sol, sorprendentemente, ya estaba alto y el motor seguía encendido y en punto muerto y habrían pasado dos o diez o veinte minutos y eran ya las ocho o las nueve de la mañana de un domingo cualquiera y claro, me miras atónita y burlona y no te lo crees y te ríes pero esas cosas pasaban, te lo juro, y ahora no sé, quizás resulta inconcebible y hay demasiados coches en las calles, quizás la peña ya no sale fuera y si lo hace están concienciados y no beben o no lo hace el que conduce y hay controles de tráfico, no sé, ya las cosas son diferentes y nos cogen no solo de vuelta sino también —nunca la noche fue tan larga— prudentemente acostados.