Crema de calabaza con curry
Maijo Mora | Chutney de mango

Votar

Cada vez que abro el congelador, me acuerdo de ti. No sólo por su frío espasmódico en la cara sino porque siempre veo de reojo nuestros primeros tuppers. Esos tuppers de crema de calabaza, la carne chutney o la salsa chipotle que cocinamos juntos aquel invierno. Yo, en realidad, no quería comprar cebollas ni sweet potatoes pero estabas resfriado o trabajabas hasta la medianoche.



Escribo esta carta, bueno, esta carta sin remitente para que no la recibas. Una autocarta para que deje, al menos, de pensar en ti. Otras veces pienso en dejar de procrastinar en nosotros.



Tal vez empiece a cocinar para todo mi edificio, a mi portera o al presidente. Sería la estrella del edificio si trajera nuestros tuppers a las reuniones de comunidad. También podría no abrir nunca el congelador. Pero el día que así lo hiciera, tendría un jardín lleno de estalactitas. Sería la diógenes de los tuppers y saldría en las noticias.



Mis amigos dicen que el amor romántico está sobreestimado pero yo siempre le compraba flores a mi chico en San Valentín. Así me fue. Tener expectativas es lo peor. Es como tener un lápiz de ojos siempre desgastado en tu neceser.



Tengo pereza de tirar nuestros tuppers. ¿Qué dirían de esa pérdida de plástico arrasando el océano, así por las buenas? Otra opción es plantar un árbol y volcar ese verano nefasto de discusiones y gritos en un bonsai a lo Jodorowsky. Otra opción es alquilar una casa sin congelador. Pero eso sería una locura gastronómica.



Mientras escribo esta autocarta pienso que mañana es mi cumpleaños. Pero no quiero pasar el tiempo de mis cincuenta años comiendo helado de vainilla del Häagen-Dazs y viendo películas románticas en el sofá. Lo peor de una ruptura es que el azúcar se te pueda ir de las manos. Eso, y que te compres lo que te proponga el teletienda o la tarotista de turno.



Desprenderse no es fácil y desaprender tampoco. Me sale un hipo feo mientras te recuerdo. Cada uno de estos primeros tuppers representa un momento feliz de aquella relación. Las risas cortando los puerros, el sabor en tu boca de la carne recién hecha o el sexo loquísimo en la cocina. Pero empiezo a estar cansado. De este pasado crionizado en mi frigorífico. Definitivamente, no puedo más. Necesito un cambio en mi cocina y en mi cordura.



¿Y si le diera una vuelta a todo y sacara a la luz mis tuppers? ¿Celebrar un año más con un ritual descongelador? Me parece que tiene más sentido que enviarles un glovo tupperiano a mis amigos. Esta idea empieza a gustarme.



Esta noche, antes de acostarme, los pondré en orden cronológico: carnes, verduras, sopas, cremas y salsas. Claramente, el menú está escrito en el congelador. Así haré, un grupo por whatsapp, un homenaje gastronómico por mi cumpleaños y listo. Empiezo a sentir que mañana será otro día. Mañana hay fiesta en casa. Comienzo a sonreír.