Crema de calabaza
DAVID VILLAR CEMBELLÍN | Sonny Liston

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Todas las inseguridades son calamitosas, pero hay inseguridades capaces de desarbolar la vida de una persona. Se trata de inseguridades nacidas de fracasos pretéritos, de complejos y desequilibrios mal curados, como los que arrastra el hombre que camina frente a mí. Observadle avanzar hacia esa primera cita, el paso vacilante, temeroso de que la otra parte no se persone. Este es quizá el peor escenario para una primera cita, asistir a un plantón y quedar con cara de embobado frente a un plato de sopa que hace rato se quedó fría. No resulta sencillo saber cómo comportarse ante la ausencia de la persona citada —el rechazo sabe parecerse a la muerte— y es típico ver a los plantados con la mirada perdida en el vaso, ensimismados en sus calabazas igual que payasos tristes tras las candilejas. No obstante, existe otro escenario análogo en incomodidad y es que la persona citada se persone, pero descubras que no existe nada de qué hablar. Nada. Ni un miserable nexo de unión. ¡Cuántas parejas habré visto enfrentadas al alacrán taimado del silencio! ¡Cuántas tirando de las palabras como sirgueras! El hombre que camina delante de mí vivió unos cuantos encuentros de esa índole y se recuerda con horror intentando mostrarse amable, extrayendo conversaciones de los fondos anóxicos de la indiferencia, preguntando a la otra parte por los avatares de su vida (que no le importa) o haciendo cuestiones trascendentales sobre sus gustos musicales y su signo zodiacal (que tampoco le importan un comino). Se trata de citas congestionadas, representaciones levantadas a base de sucedáneos de diálogo donde los comensales repasan de forma metódica todas las interjecciones conocidas: «ejem, oh, guau, uf, ajá, ¿eh?». Sin embargo, el hombre que camina teme una tercera opción por encima de las demás: que la cita se persone, que además exista conversación fluida, pero que del contrario sea imposible rescatar un mínimo brillo de luz. Resulta bastante terrible ver los esfuerzos de la otra parte por agradar y tú ser incapaz de quitar la mirada de ese ojo estrábico, de esa nariz de narval, de esos dientes torcidos como los mismísimos renglones de Dios. Por encima del desengaño amoroso, elevándose sobre el desasosiego del universo enmudecido, ¡ay!, ninguna desazón comparable a la no correspondencia propia. El hombre repasa estos avatares mientras abre la puerta del restaurante y mira a hurtadillas a su alrededor. Ahí está, en la esquina donde han quedado. Su cita aguarda.

—Mira… —extiende una mano viscosa hacia la chica—. Esto no va a funcionar… en serio… lo siento… adiós……

Y del mismo modo que aquellos que se escudriñan desde arriba, reconociéndose víctima y victimario —qué propio de los inseguros utilizar la tercera persona, también a la hora de escribir—, el hombre abandona el comedor y deja a la chica desorientada, contrita, con esa reconocible mirada desvencijada de los que tantos antes recibieron calabazas.