CREO QUE ME ESTOY ENAMORANDO DE TI
Guillermo Portillo Guzmán | Lulio Cornelio Balbi

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La contraté para que gestionase un viaje de cuarenta empresarios de nuestra organización, pues querían asistir a una feria internacional del sector eléctrico que se iba a celebrar en Madrid. Tren, hotel, desplazamientos, comidas y activi-dades paralelas, engrosaron el paquete que conformó la factura final de gastos.

Todo salió como estaba previsto, menos un pequeño detalle que cambió mi vida para siempre. Nunca piensas que estás preparado para algo así porque crees con certeza que no va a suceder, es más, te sientes seguro de tus convicciones y convencido que nada ni nadie va a conseguir que las cambies.

Hoy, treinta años después, aún lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer.



–El tren llega a Madrid el jueves veintisiete, a las 8:45 de la mañana. Quedamos en el andén que le asignen quince minutos antes.

–Perfecto Yolanda. Allí estaré. Por cierto…, ¿cómo te reconoceré?

–No te será difícil. Soy rubia, llevaré un bolso muy grande colgado del hombro y una carpeta con el logo de la agencia de viajes.



Y en un andén vacío, a las ocho y media de la mañana de aquel jueves en la estación de Chamartín, cuando nos cruzamos en la escalera mecánica que daba acceso al mismo, no la reconocí. Mi innata timidez jugó nuevamente en mi contra, bloqueando mis reacciones.

Instantes después, mi nombre sonó por la megafonía de todo el recinto fe-rroviario, instándome a que me dirigiera al punto de información del hall de la estación.

Los detalles, algunos insignificantes, de aquella primera cita, se me agolpan ahora todos juntos a pesar de los años transcurridos. Sin embargo, todo sucedió muy rápido y los cuatro días que estuvimos en Madrid, pasaron como pasa un tren por un paso a nivel con barreras, a toda velocidad.

Sin que ocurriese nada fuera de lo que sucede en cenas y encuentros profe-sionales, donde las conversaciones no traspasan ningún límite marcado por la educación y la cortesía, algo imperceptible en esos momentos se agarró a noso-tros como lo hace un pulpo con su presa antes de devorarla.



–Ayer llevabas una alianza en tu mano derecha y hoy no. ¿Estás casado?

–Sí. Me la he dejado en la mesilla de noche. Todas las noches me la quito.

–Yo también estoy casada.

–Pues no llevas alianza.



Aquello, que a otras personas las hubiera parado en seco provocando inme-diatamente un alejamiento, a nosotros nos motivó lo contrario. Y esa atracción por el otro, no confesada pero claramente visible, se fue haciendo más patente en las cientos de conversaciones telefónicas, casi todas sin motivo, que hubo en los meses siguientes.

Y como dicen que dijo Shakespeare: “lo más bonito de la belleza humana es que alguien a primera vista no te llame demasiado la atención y que al conocerla, escucharla, olerla, tocarla, te parezca la más bella del mundo”. Y eso fue lo que sucedió.

Ese pequeño detalle que no tuvimos en cuenta cuando nos vimos por primera vez en la estación de Chamartín hace treinta años, es el que nos ha vuelto a reunir: nos enamoramos para siempre.