894. CREPÚSCULO 2.0
Norberto Gabriel Urciuoli Barber | H. Oliveira

Paco el vampiro se echó colirio en los ojos y se untó bien de crema bronceadora para intentar disimular un poco su condición de muerto viviente. La verdad es que su aspecto dejaba mucho que desear, el abuso de la crema hacía que ésta ya no se repartiera uniformemente por su piel y el blanco de los ojos era cualquier cosa menos blanco. Finalmente se plantó el mostacho estilo Nietzsche para ocultar la puntita de los colmillos que asomaban por su boca y salió a la noche madrileña.
Cuando llegó al lugar de la cita notó a Gurruchaga, su contacto del hospital, un tanto nervioso.
— ¿Qué pasa Gurruchaga?, ¿tienes el plasma?
— ¡Cómo!, ¿no te has enterado?, ha habido un atentado terrible, docenas de muertos y heridos, los hospitales colapsados, solo he podido conseguir esto — respondió Gurruchaga dándole una bolsita ridícula.
— ¡No me jodas!, ¿¡y qué hago yo ahora!?
— ¡Yo qué sé!, no he podido hacer más, y durante un tiempo no podré conseguir ni gota. ¡Pero ojo!, ¡ni se te ocurra pegarme un bocado a mí!, soy diabético y muy aprensivo.
— ¡Pero qué bocado ni qué bocado!, ¡si no he masticado una yugular en toda mi muerte!
— Bueno, bueno, pues ya te llamo cuando pueda conseguir algo más — y acto seguido Gurruchaga salió por pies como si no hubiera un mañana.
Paco quedó desolado. Se tomó el chupito de plasma y se sentó en un portal a pensar qué hacer. La idea de tener que clavarle los colmillos en el cuello a alguien, como había visto en las películas, le hubiera puesto los pelos de punta de haber tenido algún pelo, pero hasta el mostacho era sintético. Entonces sintió cómo la puerta sobre la que apoyaba su espalda se abría y escuchó una voz decir:
— ¿Me permite caballero?
Paco se giró y vio a una anciana en bata, con la cabeza llena de rulos y una bolsa de basura en la mano.
— Perdone señora, es que estaba…… — balbuceó mientras se ponía en pie para dejar pasar a la mujer.
— Nada hijo, si es solo un momento que tire la basura.
Paco comprendió que era su oportunidad y no se lo pensó, en cuanto la anciana le dio la espalda se abalanzó sobre ella y empezó a buscar su cuello con la boca.
— ¡Uy!, pero ¿qué haces hijo mío?
— Nada señora, usted relájese y déjese hacer.
— No, si yo me dejo, pero es que hace tanto que no……
Como no se había quitado el mostacho, cuando abrió la boca, éste se interpuso entre el cuello y sus colmillos impidiendo toda succión efectiva.
— Mmmmm qué cosquillitas me haces corazón.
— ¡Pero señora!, ¿qué insinúa usted?
— Anda tontorrón, déjame tirar la basura y subamos a casa que te voy a comer enterito. Las noches de luna llena como esta me ponen hecha una fiera, ya veras.
Desconcertado, Paco aflojó su abrazo y vio cómo la anciana abría el contenedor y tiraba la bolsa. Por debajo de su bata asomaba una hermosa cola de loba.