CRESCENDO
Teresa Escosa | Terry

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Nunca he sido un hombre aventurero. De niño, deslizarme por un largo tobogán me resultaba tan espeluznante y peligroso como tirarme de un paracaídas. Sin embargo, los años me han dotado de ciertas destrezas para afrontar los peligros, e incluso diría que he desarrollado una suerte de valentía primigenia. Ya cerca de la treintena, decidí poner a prueba ese nuevo don de bravura.

Analizando con celo las excitantes aventuras a las que podía enfrentarme, encontré la empresa perfecta. Tomé la determinación, no sin cierto vértigo, de lanzarme de lleno, de frente, sin que me temblara el pulso, al universo de las citas online. No me arredré ante el abismo. Me llevó seis meses de dura preparación psicológica darme de alta en varias aplicaciones de ligue. Era una expedición arriesgada, debía estar bien pertrechado para esa travesía hacia lo desconocido.

No entraré en los pormenores de cómo logré hacer de mí un hombre deseable, pero sí confesaré con orgullo que tuve un éxito moderado. Para concretar una primera cita, esperaba anheloso y paciente a la persona adecuada, la que llenara mi vida de dulce peligro. Y el día llegó. Conocí a una muchacha, de nombre Fedora, que me fascinó sin remedio. Fueron meses trepidantes de conversaciones y deliciosos emojis. Cuando ya nuestro amor estaba preparado, tuvo lugar nuestro primer encuentro. Fue un dos de febrero.

Fedora era todo lo que había soñado, añorado y esperado. Una mujer aventurera, bellísima, con una inteligencia natural que me embriagó. Muy a mi pesar, Fedora, dueña de tantas virtudes como yo de defectos, se decepcionó de una manera muy evidente con mi yo carnal. Al terminar la velada, ilusionado e iluso, le propuse una segunda cita. Ella, educada y distante, declinó con una amplia sonrisa desdeñosa. Volvía a casa caminando apesadumbrado y, mientras esperaba el verde del semáforo en un cruce de caminos, lloré e invoqué a cualquier fuerza extraordinaria, divina o demoníaca para que me ayudara a salir victorioso.

Al día siguiente, salí a la calle inmerso en un aturdimiento mayúsculo, cuando recibí un mensaje de Fedora. Era exactamente igual que el del día anterior a la misma hora. ¡Mis plegarias habían sido atendidas! Una segunda oportunidad se abría ante mí. Tuvimos una segunda cita en el mismo lugar…solo que fue exactamente igual que la primera.

Fue entonces cuando lo supe. Miré el calendario de mi móvil. Era 2 de febrero otra vez. El día se estaba repitiendo. Mi deseo había sido oído y concedido. Sabía lo que iba a suceder, tenía infinitos doses de febrero para conquistar a la mujer por la que había atravesado el tiempo y el espacio.

Me llevó todo un año conquistar a Fedora. Y al lograrlo, supe qué tipo de fuerza me había ayudado. Fedora se enamoró locamente de mí. Sentí entonces tal asco y rechazo hacia ella, que salí corriendo del restaurante sin mirar atrás.

Al fin ha llegado la primavera.