1094. CRIMEN PERFECTO
LEANDRO GRACIA GARCIA | CAPRICORNIO

Mi familia no deja de inquietarme. Mi hijo me abrazó ayer en un descuido y mi mujer está muy rara últimamente. El otro día me dio a entender que yo era alguien importante en su vida. Me preocupa la situación. Estoy convencido de que quieren asesinarme. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Para consumar el parricidio, mi mujer me da chorizo refrito para cenar todas las noches. Ella insiste en sus efectos saludables y rejuvenecedores. Me repite a todas horas que de lo que se come se cría para que pique el anzuelo. Pero yo sé que no es cierto. A estas alturas lo habría notado al enfundarme el pantalón. Mi cuerpo acoge el chorizo sin rechistar, casi con regocijo. Se trata del crimen perfecto, limpio y sin dejar rastro. Un “choricidio” impune en toda regla. El sabor se incrusta en mi mente y se va adhiriendo a las paredes internas de mi cerebro hasta llegar a entrar en contacto íntimo con mi conciencia más profunda. En ese instante, las toxinas me recuerdan que todo tiene un fin y que me voy aproximando a él un poco más cada día.
Pasado un tiempo, de pronto, sin causa aparente ni aviso previo, ¡zas!, me quedaré como un pajarito, tieso como un palo y en óptimas condiciones para el tránsito a la otra vida. El crimen perfecto se habrá consumado. A continuación, sólo faltará ultimar los detalles del sepelio e incluir en la póliza de decesos unos mariachis que canten rancheras durante la ceremonia junto a una pancarta que diga: «Nunca quise ser el rey, ni puñetera falta que me hizo». Lo importante es que no decaiga la fiesta, que se anime el cotarro y la gente se vaya a casa con buen sabor de boca.
Una vez entregados mis restos a la eternidad para que la nada los devore, mi santa esposa deberá sobrellevar el peso de la conciencia durante algunas horas, pero después podrá gozar de una vida plena mientras yo me muero de aburrimiento en mi tumba sin apenas recibir visitas.